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Centro de
peregrinaciones
Textos sobre santuarios y peregrinaciones
LA
PEREGRINACIÓN
“Directorio
sobre la piedad popular y la liturgia”, de la Congregación para
el Culto Divino y los Sacramentos
279. La peregrinación, experiencia
religiosa universal, es una expresión característica de la
piedad popular, estrechamente vinculada al santuario, de cuya
vida constituye un elemento indispensable: el peregrino necesita
un santuario y el santuario requiere peregrinos.
Peregrinaciones bíblicas
280. En la Biblia destacan, por su
simbolismo religioso, las peregrinaciones de los patriarcas
Abraham, Isaac y Jacob, a Siquem (cfr. Gn 12,6-7; 33,18-20),
Betel (cfr. Gn 28,10-22; 35,1-15) y Mambré (Gn 13,18; 18,1-15),
donde Dios se les manifestó y se comprometió a darles la "tierra
prometida".
Para las tribus salidas de Egipto, el
Sinaí, monte de la teofanía a Moisés (cfr. Ex 19-20), se
convierte en un lugar sagrado y todo el camino del desierto del
Sinaí tuvo para ellos el sentido de un largo viaje hacia la
tierra santa de la promesa: viaje bendecido por Dios, que, en el
Arca (cfr. Num 10,33-36) y en el Tabernáculo (cfr. 2 Sam 7,6),
símbolos de su presencia, camina con su pueblo, lo guía y la
protege por medio de la Nube (cfr. Num 9,15-23).
Jerusalén, convertida en sede del Templo
y del Arca, pasó a ser la ciudad-santuario de los Hebreos, la
meta por excelencia del deseado "viaje santo" (Sal 84,6), en el
que el peregrino avanza "entre cantos de alegría, en el bullicio
de la fiesta" (Sal 42,5) hasta "la casa de Dios" para comparecer
ante su presencia (cfr. Sal 84,6-8).
Tres veces al año, los varones
israelitas debían "presentarse ante el Señor" (cfr. Ex 23,17),
es decir, dirigirse al Templo de Jerusalén: esto daba lugar a
tres peregrinaciones con ocasión de las fiestas de los Ácimos
(la Pascua), de las Semanas (Pentecostés) y de los Tabernáculos;
y toda familia israelita piadosa acudía, como hacía la familia
de Jesús (cfr. Lc 2,41), a la ciudad santa para la celebración
anual de la Pascua. Durante su vida pública, también Jesús se
dirigía habitualmente a Jerusalén como peregrino (cfr. Jn
11,55-56); por otra parte se sabe que el evangelista san Lucas
presenta la acción salvífica de Jesús como una misteriosa
peregrinación (cfr. Lc 9,51-19,45), cuya meta es Jerusalén, la
ciudad mesiánica, el lugar del sacrificio pascual y de su
retorno al Padre: "He salido del Padre y he venido al mundo;
ahora dejo de nuevo el mundo y voy al Padre" (Jn 16,28).
Precisamente durante una reunión de
peregrinos en Jerusalén, de "judíos observantes de toda nación
que hay bajo el cielo" (Hech 2,5) para celebrar Pentecostés, la
Iglesia comienza su camino misionero.
La peregrinación cristiana
281. Desde que Jesús ha dado
cumplimiento en sí mismo al misterio del Templo (cfr. Jn
2,22-23) y ha pasado de este mundo al Padre (cfr. Jn 13,1),
realizando en su persona el éxodo definitivo, para sus
discípulos ya no existe ninguna peregrinación obligatoria: toda
su vida es un camino hacia el santuario celeste y la misma
Iglesia dice de sí que es "peregrina en este mundo".
Sin embargo la Iglesia, dada la
conformidad que existe entre la doctrina de Cristo y los valores
espirituales de la peregrinación, no sólo ha considerado
legítima esta forma de piedad, sino que la ha alentado a lo
largo de la historia.
282. En los tres primeros siglos la
peregrinación, salvo alguna excepción, no forma parte de las
expresiones cultuales del cristianismo: la Iglesia temía la
contaminación de prácticas religiosas del judaísmo y del
paganismo, en los cuales la práctica de la peregrinación estaba
muy arraigada.
No obstante, en estos siglos se ponen
los cimientos para una recuperación, con características
cristianas, de la práctica de la peregrinación: el culto a los
mártires, en las tumbas, a las que acuden los fieles para
venerar los restos mortales de estos testigos insignes de
Cristo, determinará, progresiva y consecuentemente, el paso de
la "visita devota" a la "peregrinación votiva".
283. Después de la paz constantiniana,
tras la identificación de los lugares y el hallazgo de las
reliquias de la Pasión del Señor, la peregrinación cristiana
vive un momento de esplendor: es sobre todo la visita a
Palestina, que, por sus "lugares santos", se convierte,
comenzando por Jerusalén, en la Tierra santa. De esto dan
testimonio las narraciones de peregrinos famosos, como el
Itinerarium Burdigalense y el Itinerarium Egeriae,
ambos del siglo IV.
Se construyen basílicas sobre los
"lugares santos", como la Anástasis, edificada sobre el
Santo Sepulcro, y el Martyrium sobre el Monte Calvario,
que ejercen una gran atracción sobre los peregrinos. También los
lugares de la infancia del Salvador y de su vida pública se
convierten en meta de peregrinaciones, que se extienden también
a los lugares sagrados del Antiguo Testamento, como el Monte
Sinaí.
284. La Edad Media es la época dorada de
las peregrinaciones; además de su función fundamentalmente
religiosa, han tenido una función extraordinaria en la formación
de la cristiandad occidental, en la unión de los diversos
pueblos, en el intercambio de valores entre las diversas
culturas europeas.
Los centros de peregrinación son
numerosos. Ante todo, Jerusalén, que, a pesar de la ocupación
islámica, continúa siendo un punto importante de atracción
espiritual, así como el origen del fenómeno de las cruzadas,
cuyo motivo fue precisamente permitir a los fieles visitar el
sepulcro de Cristo. Asimismo las reliquias de la pasión del
Señor, como la túnica, el rostro santo, la
escala santa, la sábana santa atraen a innumerables
fieles y peregrinos. A Roma acuden los "romeros" para venerar
las memorias de los apóstoles Pedro y Pablo (ad limina
Apostolorum), para visitar las catacumbas y las basílicas, y
como reconocimiento del ministerio del Sucesor de Pedro a favor
de la Iglesia universal (ad Petri sedem). Fue también muy
frecuentado durante los siglos IX a XVI, y todavía hoy lo es,
Santiago de Compostela, hacia donde convergen desde diversos
países varios "caminos", formados como consecuencia de un
planteamiento religioso, social y caritativo de la
peregrinación. Entre otros lugares se puede mencionar Tours,
donde está la tumba de san Martín, venerado fundador de dicha
Iglesia; Canterbury, donde santo Tomás Becket consumó su
martirio, que tuvo gran resonancia en toda Europa; el Monte
Gargano en Puglia, S. Michele della Chiusa en el Piamonte, el
Mont Saint-Michel en Normandía, dedicados al arcángel san
Miguel; Walsingham, Rocamadour y Loreto, sedes de célebres
santuarios marianos.
285. En la época moderna, debido al
cambio del ambiente cultural, a las vicisitudes originadas por
el movimiento protestante y el influjo de la ilustración, las
peregrinaciones disminuyeron: el "viaje a un país lejano" se
convierte en "peregrinación espiritual", "camino interior" o
"procesión simbólica", que consistía en un breve recorrido, como
en el Vía Crucis.
A partir de la segunda mitad del siglo
XIX se recuperan las peregrinaciones, pero cambia en parte su
fisonomía: tienen como meta santuarios que son particulares
expresiones de la identidad de la fe y de la cultura de una
nación; este es el caso, por ejemplo de los santuarios de
Altötting, Antipolo, Aparecida, Asís, Caacupé, Chartres,
Coromoto, Czestochowa, Ernakulam-Angamaly, Fátima, Guadalupe,
Kevalaer, Knock, La Vang, Loreto, Lourdes, Mariazell, Marienberg,
Montevergine, Montserrat, Nagasaki, Namugongo, Padua, Pompei,
San Giovanni Rotondo, Washington, Yamoussoukro, etc.
Espiritualidad de la peregrinación
286. A pesar de todos los cambios
sufridos a lo largo de los siglos, la peregrinación conserva en
nuestro tiempo los elementos esenciales que determinan su
espiritualidad:
Dimensión escatológica. Es una
característica esencial y originaria: la peregrinación, "camino
hacia el santuario", es momento y parábola del camino hacia el
Reino; la peregrinación ayuda a tomar conciencia de la
perspectiva escatológica en la que se mueve el cristiano,
homo viator: entre la oscuridad de la fe y la sed de la
visión, entre el tiempo angosto y la aspiración a la vida sin
fin, entre la fatiga del camino y la esperanza del reposo, entre
el llanto del destierro y el anhelo del gozo de la patria, entre
el afán de la actividad y el deseo de la contemplación serena.
El acontecimiento del éxodo, camino de
Israel hacia la tierra prometida, se refleja también en la
espiritualidad de la peregrinación: el peregrino sabe que "aquí
abajo no tenemos una ciudad estable" (Heb 13,14), por lo cual,
más allá de la meta inmediata del santuario, avanza a través del
desierto de la vida, hacia el Cielo, hacia la Tierra prometida.
Dimensión penitencial. La
peregrinación se configura como un "camino de conversión": al
caminar hacia el santuario, el peregrino realiza un recorrido
que va desde la toma de conciencia de su propio pecado y de los
lazos que le atan a las cosas pasajeras e inútiles, hasta la
consecución de la libertad interior y la comprensión del sentido
profundo de la vida.
Como ya se ha dicho, para muchos fieles
la visita a un santuario constituye una ocasión propicia, con
frecuencia buscada, para acercarse al sacramento de la
Penitencia, y la peregrinación misma se ha entendido y propuesto
en el pasado – y también en nuestros días – como una obra de
penitencia.
Además, cuando la peregrinación se
realiza de modo auténtico, el fiel vuelve del santuario con el
propósito de "cambiar de vida", de orientarla hacia Dios más
decididamente, de darle una dimensión más trascendente.
Dimensión festiva. En la
peregrinación la dimensión penitencial coexiste con la dimensión
festiva: también esta se encuentra en el centro de la
peregrinación, en la que aparecen no pocos de los motivos
antropológicos de la fiesta.
El gozo de la peregrinación cristiana es
prolongación de la alegría del peregrino piadoso de Israel: "Qué
alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor" (Sal
122,1); es alivio por la ruptura de la monotonía diaria, desde
la perspectiva de algo diverso; es aligeramiento del peso de la
vida que para muchos, sobre todo para los pobres, es un fardo
pesado; es ocasión para expresar la fraternidad cristiana, para
dar lugar a momentos de convivencia y de amistad, para mostrar
la espontaneidad, que con frecuencia está reprimida.
Dimensión cultual. La
peregrinación es esencialmente un acto de culto: el peregrino
camina hacia el santuario para ir al encuentro con Dios, para
estar en su presencia tributándole el culto de su adoración y
para abrirle su corazón.
En el santuario, el peregrino realiza
numerosos actos de culto, tanto de orden litúrgico como de
piedad popular. Su oración adquiere formas diversas: de
alabanza y adoración al Señor por su bondad y santidad; de
acción de gracias por los dones recibidos; de
cumplimiento de un voto, al que se había obligado el
peregrino ante el Señor; de imploración de las gracias
necesarias para la vida; de petición de perdón por los
pecados cometidos.
Con mucha frecuencia la oración del
peregrino se dirige a la Virgen María, a los Ángeles y a los
Santos, a quienes reconoce como intercesores válidos ante el
Altísimo. Por lo demás, las imágenes veneradas en el santuario
son signos de la presencia de la Madre y de los Santos, junto al
Señor glorioso, "siempre vivo para interceder" (Heb 7,25) en
favor de los hombres y siempre presente en la comunidad que se
reúne en su nombre (cfr. Mt 18,20; 28,20). La imagen sagrada del
santuario, sea de Cristo, de la Virgen, de los Ángeles o de los
Santos, es un signo santo de la presencia divina y del amor
providente de Dios; es testigo de la oración, que de generación
en generación se ha elevado ante ella como voz suplicante del
necesitado, gemido del afligido, júbilo agradecido de quien ha
obtenido gracia y misericordia.
Dimensión apostólica. La
situación itinerante del peregrino presenta de nuevo, en cierto
sentido, la de Jesús y sus discípulos, que recorrían los caminos
de Palestina para anunciar el Evangelio de la salvación. Desde
este punto de vista, la peregrinación es un anuncio de fe y los
peregrinos se convierten en "heraldos itinerantes de Cristo".
Dimensión de comunión. El
peregrino que acude al santuario está en comunión de fe y de
caridad, no sólo con los compañeros con quienes realiza el
"santo viaje" (cfr. Sal 84,6), sino con el mismo Señor, que
camina con él, como caminó al lado de los discípulos de Emaús (cfr.
Lc 24,13-35); con su comunidad de origen, y a través de ella,
con la Iglesia que habita en el cielo y peregrina en la tierra;
con los fieles que, a lo largo de los siglos, han rezado en el
santuario; con la naturaleza que rodea el santuario, cuya
belleza admira y que siente movido a respetar; con la humanidad,
cuyo sufrimiento y esperanza aparecen en el santuario de
diversas maneras, y cuyo ingenio y arte han dejado en él
numerosas huellas.
Desarrollo de la peregrinación
287. Puesto que el santuario es un lugar
de oración, así la peregrinación es un camino de oración. En
cada una de las etapas, la oración deberá alentar la
peregrinación y la Palabra de Dios deberá ser luz y guía,
alimento y apoyo.
El resultado feliz de una peregrinación,
en cuanto manifestación cultual, y los mismos frutos
espirituales que se esperan de ella, se aseguran disponiendo de
manera ordenada las celebraciones y destacando adecuadamente las
diversas fases.
La partida de la peregrinación se
debe caracterizar por un momento de oración, realizado en la
iglesia parroquial o en otra que resulte más adecuada, y
consiste en la celebración de la Eucaristía o de alguna parte de
la Liturgia de las Horas, o en una bendición especial para los
peregrinos.
La última etapa del camino se
debe caracterizar por una oración más intensa; es aconsejable
que cuando ya se divise el santuario, el recorrido se haga a
pie, procesionalmente, rezando, cantando y deteniéndose en las
estaciones que pueda haber en ese trayecto.
La acogida de los peregrinos
podrá dar lugar a una especie de "liturgia de entrada", que
sitúe el encuentro entre los peregrinos y los encargados del
santuario en el plano de la fe; donde sea posible, estos últimos
saldrán al encuentro de los peregrinos, para acompañarles en el
trayecto final del camino.
La permanencia en el santuario,
obviamente, deberá constituir el momento más intenso de la
peregrinación y se deberá caracterizar por el compromiso de
conversión, convenientemente ratificado en el sacramento de la
reconciliación; por expresiones particulares de oración, como el
agradecimiento, la súplica, la petición de intercesiones, según
las características del santuario y los objetivos de la
peregrinación; por la celebración de la Eucaristía, culminación
de la peregrinación.
La conclusión de la peregrinación
se caracterizará por un momento de oración, en el mismo
santuario o en la iglesia de la que han partido; los fieles
darán gracias a Dios por el don de la peregrinación y pedirán al
Señor la ayuda necesaria para vivir con un compromiso más
generoso la vocación cristiana, una vez que hayan vuelto a sus
hogares.
Desde la antigüedad, el peregrino ha
querido llevarse algún "recuerdo" del santuario visitado. Se
debe procurar que los objetos, imágenes, libros, transmitan el
auténtico espíritu del lugar santo. Se debe conseguir que los
lugares de venta no estén en el área sagrada del santuario, ni
tengan el aspecto de un mercado.
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