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LA ROCA Y LA ARENA José-Román Flecha Andrés
   
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LA ROCA Y LA ARENA

Domingo 9º del Tiempo Ordinario

1.6.2008

  

Edificar sobre roca y edificar sobre arena. Esas imágenes son tan bellas, como veraces y elocuentes.

- Su belleza brota de su carácter natural y primigenio. Son bellas las cosas que, en su integridad y simplicidad, componen la armonía de la creación.

- Su veracidad se funda en su desnudez primera, en su simplicidad sin artificios,  ajena todavía a los adornos y accesorios de lo superfluo.

- Su elocuencia apela a la experiencia común de la humanidad, con independencia de razones individuales, de modas pasajeras y de impuestas ideologías.

La roca nos sugiere fortaleza y resistencia. La arena es la disgregación movediza e inestable.

Edificar sobre roca indica la sabiduría de quien apuesta por la permanencia y la fidelidad. Edificar sobre arena es señal de provisionalidad, de apresuramiento o de necedad.

 

LA ESCUCHA Y LA PRÁCTICA

Edificar sobre roca o sobre arena era una experiencia humana, común a las gentes de cualquier religión. El piadoso israelita había ya recurrido a ella muchas veces para expresar su confianza en Dios. “Ven aprisa a liberarme, sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte” (Sal 31, 3,4).

Estas imágenes antiguas se convierten en parábola en el evangelio que se proclama en este domingo noveno del tiempo ordinario (Mt 7, 21-27). Lo más sorprendente es que Jesús se atribuye a sí mismo su fuerza y simbolismo.

- “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca”.

- “El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena”.

Para Jesús el criterio para distinguir la sabiduría y la necedad no es la intuición personal ni la opinión pública. La prueba de la sabiduría no es tan sólo la escucha de la palabra del Señor. El signo decisivo es la práctica. No basta con oír el mensaje: es preciso cumplirlo.

 

LA VOLUNTAD DEL PADRE

 

Esta breve parábola de la roca y la arena se encuentra precedida de una sentencia de Jesús de tipo sapiencial: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. Esa es la clave del mensaje. En él se clarifica la distinción entre los falsos y los verdaderos discípulos:

• Unos dicen “Señor, Señor”. La oración es uno de los signos más universales y evidentes de la religión. Pero solo a condición de que la misma oración sea verdadera. La invocación de  Dios puede ser interesada y superficial. Por desgracia puede ser también mágica y blasfema.

• Otros cumplen la voluntad del Padre celestial. La oración muestra su autenticidad cuando el orante se identifica con Dios y con su voluntad. Cuando ajusta su vida personal y social a ese proyecto divino. Jesús mismo afirma con frecuencia que ésa es su propia misión. En él se nos hace más clara y evidente la voluntad de Dios.

- Señor Jesús, Palabra de Dios hecha carne en nuestra historia humana, enséñanos a aceptar con verdad y cumplir con generosa humildad la voluntad de tu Padre y nuestro Padre. Amén.

 

José-Román Flecha Andrés

 

 

 
 
 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   

 

 

 

 
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