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CADA DÍA SU AFÁN.
31.5.2008
SOBRE LA AYUDA A LA IGLESIA
Ha llegado la hora de
hacer la declaración de la renta. Lentamente, los ciudadanos hemos
ido adquiriendo conciencia de la obligación de contribuir a los
gastos sociales. Nos ha costado un poco comprender que si tenemos
derechos, también tenemos deberes.
Más nos ha costado llegar
a comprender que tenemos el deber y el honor de contribuir con
nuestra aportación a sostener los gastos de la Iglesia. Durante
demasiados siglos, los cristianos de a pie se sentían eximidos de
esta obligación. Es verdad que con su trabajo y sus “diezmos”
ayudaron a levantar templos y ermitas, pero con frecuencia eran los
reyes o los nobles los que fundaban santuarios y capellanías.
Ahora nos toca a todos
sostener lo que es una misión de todos. Alegra ver que hasta algún
político eminente se ha pronunciado a favor de la asignación a la
Iglesia de una parte de nuestros tributos. Y lo que es más
interesante es que él y otros cuantos han invitado también a los no
cristianos a fijarse en la Iglesia católica a la hora de señalar su
voluntad de contribuir a los fines sociales de su propia renta.
En muchos países de
nuestro entorno cultural se multiplican las iniciativas para
explicar el por qué y el destino de esa contribución.
En primer lugar se pone de
relieve la inmensa e impagable labor social que lleva a cabo la
Iglesia. En su seno han nacido iniciativas docentes y asistenciales,
algunas tan pioneras como la atención a los alcohólicos, los
drogadictos y los afectados por el sida. En las instituciones de la
Iglesia encuentran acogida muchos inmigrantes, de cualquier raza y
religión que sean. La Iglesia concede incontables becas de estudio
en los países pobres y en los más desarrollados.
En segundo lugar, son muchos los que recuerdan
que en la Iglesia encuentran defensa muchos indefensos de la
sociedad, como los niños no nacidos, los enfermos mentales, las
jóvenes madres sin apoyo, las mujeres esclavizadas por la
prostitución, los enfermos terminales. Los marginados que para la
sociedad son con frecuencia una carga, para la Iglesia son hijos de
Dios que reflejan el rostro de Jesús.
Sin embargo, entre las
razones para ayudar a la Iglesia hay una más importante que todas,
que con frecuencia se ignora. Con sus defectos humanos, la Iglesia
nos recuerda la presencia de lo divino en el mundo. La Iglesia nos
habla de Dios y nos recuerda su amor y su misericordia. La Iglesia
es ya el único lugar donde se habla de Dios sin ridiculizarlo y sin
blasfemar. La Iglesia nos transmite el perdón de Dios y nos invita a
hacer presente en el mundo el don de la reconciliación y de la paz.
La Iglesia es Madre y Maestra de humanidad. Pero, sobre todo, es el
espacio en el que se nos enseña que el hombre es más que el producto
de sus manos. En la Iglesia se nos enseña a adorar a Dios.
Todo eso merece nuestra
sencilla gratitud y nuestro apoyo. Siempre y en todas partes, y no
solamente a la hora de hacer la declaración de nuestra renta.
José-Román Flecha Andrés
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