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AMPLIAR LIBERTADES
En el balance de resultados de la presente
legislatura, nuestro Gobierno se felicita de haber “ampliado las
libertades” de los ciudadanos. Si en las próximas elecciones obtiene
el apoyo de la mayoría, es de suponer que se sienta obligado a
continuar igual. Esta situación nos obliga a hacernos algunas
preguntas: ¿Hasta dónde se puede llegar por ese camino? ¿Eso de las
“libertades” tiene algo que ver con la “libertad”? ¿Con más
libertades, seremos más libres? ¿La libertad es hacer lo que se
quiere o lo que se debe?
Estas preguntas nos invitan a balbucir alguna
respuesta para el que quiera pensar.
1 – ¿Qué entendemos por “libertad”?: El
Concilio Vaticano II, (Gaudium et spes, 17) nos
ofrece una reflexión que no deberíamos ignorar: “La verdadera
libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues
quiso Dios “dejar al hombre en manos de su propia decisión (Eclo 15,
14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose
a El, llegue libremente a la plena y feliz perfección”.
2 – ¿Qué propiedades acompañan a la
verdadera libertad? Señalaré dos. La primera tiene que ver con
la relación inseparable entre libertad y verdad. Juan Pablo II
(Veritatis splendor, 34) lo
expresó así: “La libertad depende fundamentalmente de la verdad.
Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por
las palabras de Cristo: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará
libres” (Jn 8, 32)”. La segunda es la relación entre libertad y
conciencia. Así se equilibra adecuadamente la correlación entre
derechos y deberes. El Cardenal H. Newman dijo: “La
conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes”. No se
pueden promover, por tanto, nuevos derechos que no comporten nuevos
deberes.
3 – ¿Debemos reconocer y respetar los
límites de la libertad? Efectivamente. Señalaré dos graves
incompatibilidades que disminuyen, o destruyen, la libertad. La
primera es aquella que sitúa a la libertad al margen, o en contra,
de la herencia religiosa o las tradiciones históricas. Tessek
Kolakoswki, que escribió contra la ideología del “no límite”,
lo afirma así: “Ser totalmente libre de la herencia
religiosa o de la tradición histórica es situarse en el vacío y, por
tanto, desintegrarse”. La segunda tiene que ver con la degradación
moral. Abrir libertades por este camino es dirigir al pueblo al
abismo. San Agustín, en su Tratado sobre el Evangelio
de Juan, dijo: “La primera libertad consiste en estar
exentos de crímenes… como serían el homicidio, el adulterio, la
fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como
estos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y
ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la
libertad; pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la
libertad perfecta…”. Las palabras de este Padre de la Iglesia son el
eco de otras palabras anteriores, más autorizadas y radicales. No
las transcribo para que se puedan leer en su contexto natural y
evitar así el escándalo que pueden provocar. Las podéis encontrar en
la primera Carta a los Corintios, escrita por San
Pablo, capítulo 6 y versículos 9-10. Son Palabra de Dios.
No dudamos de la buena intención del Gobierno
en su afán de ampliar las libertades de los ciudadanos. Es
políticamente correcto. Es popular y seguramente le dará votos.
Pero, tenemos derecho a preguntarnos si este camino servirá para
engrandecer al ser humano y a la sociedad. John Stuart Mill,
filósofo y político inglés, en su ensayo Sobre la libertad,
dijo: “El valor de un Estado, a la larga, es el valor de los
individuos que lo componen (…) un Estado que empequeñece a sus
hombres, a fin de que puedan ser más dóciles instrumentos en sus
manos, aun cuando sea para fines beneficiosos, hallará que con
hombres pequeños ninguna cosa grande puede ser realizada”.
Florentino Gutiérrez. Sacerdote
Salamanca, a 23 de febrero de 2008
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