Alba de Tormes - Diócesis de Salamanca

TERESA DE JESÚS

CASTILLO INTERIOR

O

LAS MORADAS

 

 

MORADAS PRIMERAS

 HAY EN ELLAS DOS CAPÍTULOS

 

CAPÍTULO 1 1

 

EN QUE TRATA DE LA HERMOSURA Y DIGNIDAD DE NUESTRAS ALMAS: PONE UNA COMPARACIÓN PARA ENTENDERSE Y DICE LA GANANCIA QUE ES ENTENDERLA Y SABER LAS MERCEDES QUE RECIBIMOS DE DIOS Y CÓMO LA PUERTA DE ESTE CASTILLO ES LA ORACIÓN 2

 

1. Estando hoy 3 suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré para comenzar con algún fundamento, que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas (Jn 14, 2); que, si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice él tiene sus deleites (Prov 8, 31). Pues, )qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues él mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza (Gen 1, 26). Pues, si esto es como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo; porque, puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas 4 podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima.

 2. )No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mismos, ni sepamos quién somos? )No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos y así a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas. Mas, qué bienes puede haber 5 esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos; y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura. Todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo, que son estos cuerpos.

3. Pues consideremos que este castillo tiene, como he dicho 6, muchas moradas: unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma. Es menester que vais 7 advertidas a esta comparación; quizá será Dios servido pueda por ella daros algo a entender de las mercedes que es Dios servido hacer a las almas y las diferencias que hay en ellas, hasta donde yo hubiere entendido que es posible; que todas será imposible entenderlas nadie, según son muchas: (cuánto más quien es tan ruin como yo! Porque os será gran consuelo, cuando el Señor os las hiciere, saber que es posible; y a quien no, para alabar su gran bondad; que, así como no nos hace daño considerar las cosas que hay en el cielo y lo que gozan los bienaventurados, antes nos alegramos y procuramos alcanzar lo que ellos gozan, tampoco nos hará ver que es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa. Tengo por cierto que, a quien hiciere daño entender que es posible hacer Dios esta merced en este destierro, que estará muy falta de humildad y del amor del prójimo; porque, si esto no es, )cómo nos podemos dejar de holgar de que haga Dios estas mercedes a un hermano nuestro, pues no impide para hacérnoslas a nosotras, y de que su Majestad dé a entender sus grandezas, sea en quien fuere? Que algunas veces será sólo por mostrarlas, como dijo del ciego que dio vista, cuando le preguntaron los apóstoles si era por sus pecados o de sus padres (Jn 9, 2‑3). Y así acaece no las hacer por ser más santos a quien las hace que a los que no, sino porque se conozca su grandeza, como vemos en san Pablo y la Magdalena, y para que nosotros le alabemos en sus criaturas.

4. Podráse decir que parecen cosas imposibles y que es bien no escandalizar los flacos. Menos se pierde en que ellos no lo crean que no en que se dejen de aprovechar a los que Dios las hace y se regalarán y despertarán a más amar a quien hace tantas misericordias, siendo tan grande su poder y majestad; cuánto más que sé que hablo con quien no habrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aun muy mayores muestras de amor. Yo sé que quien esto no creyere no lo verá por experiencia, porque es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras; y así, hermanas, jamás os acaezca a las que el Señor no llevare por este camino.

 5. Pues, tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él. Parece que digo algún disparate; porque, si este castillo es el ánima, claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar: que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo, que es adonde están los que le guardan y que no se les da nada de entrar dentro, ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar, ni quién está dentro, ni aun qué piezas tiene. Ya habréis oído en algunos libros de oración aconsejar al alma que entre dentro de 8; pues esto mismo es.

6. Decíame, poco ha, un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía 9 o tullido que, aunque tiene pies y manos, no los puede mandar, que así son: que hay almas tan enfermas y mostradas 10 a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí, porque ya la costumbre la tiene tal de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas; y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios, no hay remedio. Y, si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí, así como lo quedó la mujer de Lot por volverla (Gen 10, 26).

7. Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal; que, como sea oración, ha de ser con consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios: porque, aunque algunas veces sí será, aunque no lleve este cuidado, mas es habiéndole llevado otras. Mas, quien tuviese de costumbre hablar con la Majestad de Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le viene a la boca y tiene deprendido por hacerlo otras veces, no la tengo por oración ni plega a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte; que entre vosotras, hermanas, espero en su Majestad no lo habrá por la costumbre que hay de tratar de cosas interiores, que es harto bueno para no caer en semejante bestialidad 11.

 8. Pues no hablemos con estas almas tullidas (que si no viene el mismo Señor a mandarlas se levanten, como al que había treinta 12 años que estaba en la piscina, tienen harta mala ventura y gran peligro), sino con otras almas que, en fin, entran en el castillo; porque, aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos y, alguna vez, aunque de tarde en tarde, se encomiendan a nuestro Señor y consideran quién son, aunque no muy despacio; alguna vez en un mes rezan llenos de mil negocios, el pensamiento casi lo ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos que, como adonde está su tesoro se va allá el corazón (Mt 6, 21; Lc 12, 24), ponen por sí algunas veces de desocuparse y es gran cosa el propio conocimiento y ver que no van bien para atinar a la puerta. En fin, entran en las primeras piezas de las bajas; mas entran con ellos tantas sabandijas, que ni le dejan ver la hermosura del castillo, ni sosegar. Harto hacen en haber entrado.

9. Pareceros ha, hijas, que es esto impertinente, pues por la bondad del Señor no sois de éstas. Habéis de tener paciencia, porque no sabré dar a entender, como yo tengo entendido, algunas cosas interiores de oración, si no es así; y aun plega al Señor que atine a decir algo, porque es bien dificultoso lo que querría daros a entender, si no hay experiencia; si la hay, veréis que no se puede hacer menos de tocar en lo que, plega al Señor, no nos toque por su misericordia.


 

1 Escribe capítulo ij (=2) distraída, como si para ella el prólogo fuese ya el capítulo primero.

2 Véase lo dicho en la presentación acerca de los títulos.

3 2 de junio de 1577, día de la Santísima Trinidad, como ha dicho en el prólogo, 3.

4 Apenas: adviértase la fuerza limitadora de este adverbio de cantidad, lo mismo en este paso que unas líneas más arriba, donde primeramente había escrito: *verdaderamente no deben llegar.+ En este segundo paso había escrito: *... a su imagen para no ser nosotros capaces de entender la gran dignidad...+, etc.; luego tachó, enmendó y acomodó los períodos como van en el texto. Esta manipulación del texto fue hecha también, si no me equivoco, en Segovia en 1580, ya que la copia de Toledo (Ms. 6.374, fol. 4v-5r) figura sin tales acomodos, sino como había escrito de primera mano.

5 Detrás de haber viene entre líneas en; no me parece letra de la Santa; por eso retengo la lectura haber esta alma, dando al verbo haber el sentido transitivo de: tener, poseer. También es cierto que en el Ms. citado en la nota anterior trae en.

6 Núm. 1 de este mismo capítulo.

7 Vais: hoy usaríamos el subjuntivo: vayáis.

8 Se refiere, pensamos, al Tercer Abecedario de Osuna, que, según la propia Santa que lo leyó por primera vez en 1538, *trata de enseñar oración de recogimiento+ (Vida 4, 7); y se refiere asimismo a Bernardino de Laredo: Subida del Monte Sión, parte 30, cap. 41. Por otra parte, el consejo de entrar en sí mismo era corrientísimo en cualquier autor y en cualquier director espiritual.

9 No estamos en grado de precisar a qué letrado se refiere aquí. Perlesía: parálisis, en sentido general. La Santa sabía por experiencia qué era y sus efectos: Vida 7, 11, cfr. Efrén, Obras de Santa Teresa, BAC, Madrid, 1951, I, núm. 349, notas 23-24.

10 Mostradas: enseñadas, acostumbradas, habituadas.

11 A Gracián le pareció demasiado fuerte el término y, tachando bestialidad, escribió abominación. Ya ha usado la Santa el vocablo bestialidad anteriormente (núm. 2), pero allí Gracián nada tuvo que enmendar.

12 Gracián entre líneas: y ocho; cfr. Jn 5, 5.

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   

 

 

 

 
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