
Mensajes recibidos
TRES LECCIONES DE LA BASÍLICA TERESIANA
La invitación que nos hace la diócesis
salmantina para afrontar decididamente la conclusión de la Basílica
Teresiana, no solamente nos pide una colaboración generosa, sino que
nos regala tres lecciones de máximo interés.
1ª - El respeto por el pasado frente a la
idolatría del presente.
Es natural que cuando uno comienza una obra
personal se esfuerce por concluirla. Nuestra ilusión, e incluso
nuestro amor propio, nos impulsan a ello. Pero otra cosa es hacer
propia la obra que otro ha soñado.
Pues bien, la obra de la Basílica Teresiana nos
proporciona la posibilidad de aprobar esta primera lección: aceptar
con respeto el proyecto de nuestros mayores y concluirla con la
misma ilusión que si fuese nuestra. Esta es una obra que, como en
las antiguas catedrales, necesita el trabajo solidario entre
generaciones distintas.
2ª – El valor del trabajo en equipo frente a
la tentación del individualismo.
Una segunda lección que podemos aprender
mientras levantamos nuestra Basílica es la del trabajo en equipo. La
tentación de trabajar individualmente nos hace caer en la trampa de
nuestra autosuficiencia. Aquí, o nos unimos todos o la obra no será
posible.
La unión ha de empezar por las fuerzas de la
misma Iglesia: sacerdotes, religiosos/as y seglares; parroquias,
instituciones y familias. Las comunidades carmelitanas o teresianas
tienen un lugar de preferencia. Luego hay que solicitar, con
humildad y entusiasmo agradecido, la ayuda de personas e
instituciones no eclesiales que, por algún motivo puedan tener algún
interés en el proyecto: políticos, empresarios, economistas,
artistas, intelectuales… Todos son necesarios y deben ser admitidos
en esta obra. Incluso hay que sumar la ayuda de los pobres. Sus
pequeñas monedas son indispensables porque, de lo que se trata, es
de hacer una obra común.
La experiencia nos dice que cuando hemos
realizado una obra social el resultado regala un plus pedagógico que
al final nos llena de satisfacción y orgullo.
3ª – La dimensión transcendente de la obra
humana.
Recordemos un pasaje de la historia de San
Francisco de Asís. Estamos en 1205. Un día salió Francisco a dar un
paseo y entró a rezar en la vieja iglesia de San Damián, fuera de
Asís. Mientras rezaba delante del Crucifijo puesto sobre el altar,
tuvo una visión de Cristo crucificado que le traspasó el corazón,
hasta el punto de que ya no podía traer a la memoria la pasión del
Señor sin que se le saltaran las lágrimas. Sintió que el Señor le
decía: "Francisco, repara mi iglesia; ¿no ves que se hunde?".
El Señor se refería a la Iglesia de los
creyentes, amenazada, como siempre, por mil peligros, mas él
entendió que se refería a la pequeña ermita de San Damián. Entonces
Francisco decidió quedarse allí, y reparar él personalmente la
iglesia.
La obra material de la reconstrucción de San
Damián fue para Francisco el modo del que el Señor se valió para
darle a entender la urgencia que había de restaurar la Iglesia
universal. San Damián tenía un valor transcendente que Francisco
entonces no conocía.
Digo yo que levantar hoy la Basílica Teresiana
tiene también un valor oculto y que iremos descubriendo a la vez que
ponemos piedras nuevas: la urgente necesidad de revitalizar la
Iglesia de Dios.
Para Teresa de Jesús la obra de San José, su
primera fundación, no era más que el signo visible y eficaz de su
compromiso para reformar el Carmelo.
Para nosotros, la Basílica Teresiana debe ser
como la reparación de San Damián o la construcción de San José: la
respuesta animosa y agradecida a una llamada divina para reformar,
para construir, la Iglesia de Jesús, la que verdaderamente nos
importa.
Florentino Gutiérrez.
Sacerdote
Salamanca, a 17 de
noviembre de 2007
|