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TERESA DE
JESÚS
LIBRO DE LAS
FUNDACIONES
COMIENZA LA FUNDACIÓN DE SAN JOSÉ DEL CARMEN DE MEDINA DEL CAMPO. DE LOS MEDIOS
POR DONDE SE COMENZÓ A TRATAR ESTA FUNDACIÓN Y DE LAS DEMÁS
1. Cinco años después
de la fundación de San José de Ávila estuve en él
[1],
que, a lo que ahora entiendo, me parece serán los más descansados de mi
vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos muchas veces mi alma. En este
tiempo entraron algunas doncellas religiosas de poca edad, a quien el mundo,
a lo que parece, tenía ya para sí, según las muestras de su gala y
curiosidad
[2].
Sacándolas el Señor bien apresuradamente de aquellas vanidades, las trajo a
su casa, dotándolas de tanta perfección, que eran harta confusión mía,
llegando al número de trece, que es el que estaba determinado para no pasar
más adelante
[3].
2. Yo me estaba
deleitando entre almas tan santas y limpias, adonde sólo era su cuidado de
servir y alabar a nuestro Señor. Su Majestad nos enviaba allí lo necesario
sin pedirlo y, cuando nos faltaba, que fue harto pocas veces, era mayor su
regocijo. Alababa a nuestro Señor de ver tantas virtudes encumbradas, en
especial el descuido que tenían de todo más
[4]
de servirle. Yo, que estaba allí por mayor, nunca me acuerdo ocupar el
pensamiento en ello. Tenía muy creído que no había de faltar el Señor a las
que no traían otro cuidado sino en cómo contentarle. Y si alguna vez no
había para todas en el mantenimiento, diciendo yo fuese para las más
necesitadas, cada una le parecía no ser ella, y así se quedaba hasta que
Dios enviaba para todas.
3. En la virtud de la
obediencia (de quien yo soy muy devota, aunque no sabía tenerla hasta que
estas siervas de Dios me enseñaron para no lo ignorar), si yo tuviera virtud
pudiera decir muchas cosas que allí en ella vi. Una se me ofrece ahora; y es
que, estando un día en refectorio, diéronnos raciones de cogombro; a mí
cupo
[5]
una muy delgada y por de dentro podrida. Llamé con disimulación a una
hermana de las de mejor entendimiento y talentos que allí había, para probar
su obediencia, y díjela que fuese a sembrar aquel cogombro a un huertecillo
que teníamos. Ella me preguntó si le había de poner alto o tendido. Yo le
dije que tendido. Ella fue y púsole, sin venir a su pensamiento que era
imposible dejarse de secar, sino que el ser por obediencia le cegó la razón
natural, para creer era muy acertado
[6].
4. Acaecíame
encomendar a una seis o siete oficios contrarios, y, callando, tomarlos,
pareciéndole posible hacerlos todos. Tenían un pozo, a dicho de los que le
probaron de harto mal agua, y parecía imposible correr por estar muy hondo.
Llamando yo oficiales para procurarlo, reíanse de mí, de que quería echar
dineros en balde. Yo dije a las hermanas que qué les parecía. Dijo una: «que
se procure: nuestro Señor nos ha de dar quien nos traiga agua y para darles
de comer, pues más barato sale a su Majestad dárnoslo en casa, y así no lo
dejará de hacer.» Mirando yo con la gran fe y determinación con que lo
decía, túvelo por cierto, y contra voluntad del que entendía en las fuentes,
que conocía de agua, lo hice. Y fue el Señor servido, que sacamos un caño de
ello bien bastante para nosotras, y de beber, como ahora le tienen.
5. No lo cuento por
milagro, que otras cosas pudiera decir, sino por la fe que tenían estas
hermanas, puesto que pasa ansí como lo digo, y porque no es mi primer
intento loar las monjas de estos monasterios, que, por la bondad del Señor,
todas hasta ahora van así. Y de estas cosas y otras muchas sería escribir
muy largo, aunque no sin provecho, porque a las veces se animan las que
vienen a imitarlas. Mas si el Señor fuere servido que esto se entienda,
podrán los prelados mandar a las prioras que lo escriban.
6. Pues estando esta
miserable
[7]
entre estas almas de ángeles (que a mí no me parecían otra cosa, porque
ninguna falta, aunque fuese interior, me encubrían, y las mercedes y grandes
deseos y desasimiento que el Señor les daba eran grandísimas; su consuelo
era su soledad, y así me certificaban que jamás de estar solas se hartaban,
y así tenían por tormento que las viniesen a ver, aunque fuesen hermanos; la
que más lugar tenía de estarse en una ermita, se tenía por más dichosa),
considerando yo el gran valor de estas almas y el ánimo que Dios las daba
para padecer y servirle, no cierto de mujeres, muchas veces me parecía que
era para algún gran fin las riquezas que el Señor ponía en ellas. No porque
me pasase por pensamiento lo que después ha sido, porque entonces parecía
cosa imposible, por no haber principio para poderse imaginar, puesto que mis
deseos, mientras más el tiempo iba adelante, eran muy más crecidos de ser
alguna parte para bien de algún alma, y muchas veces me parecía, como quien
tiene un gran tesoro guardado y desea que todos gocen de él y le atan las
manos para distribuirle. Así me parecía estaba atada mi alma, porque las
mercedes que el Señor en aquellos años la hacía eran muy grandes y todo me
parecía mal empleado en mí. Servía al Señor con mis pobres oraciones;
siempre procuraba con las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al
bien de las almas y al aumento de su Iglesia, y a quien trataba con ellas,
siempre se edificaban, y esto embebía mis grandes deseos.
7. A los cuatro años,
me parece era algo más, acertó a venirme a ver un fraile francisco, llamado
fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios y con los mismos deseos del bien
de las almas que yo, y podíalos poner por obra, que le tuve yo harta
envidia. Éste venía de las Indias poco había. Comenzóme a contar de los
muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e
hízonos un sermón y plática animándonos a la penitencia, y fuese
[8].
Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí.
Fuime a una ermita
[9]
con hartas lágrimas; clamaba a nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo
yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba
el demonio, y que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más. Había
gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto,
aunque pasasen mil muertes. Y así me acaece que cuando en las vidas de los
santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más
ternura y más envidia que todos los martirios que padecen (por ser ésta la
inclinación que nuestro Señor me ha dado), pareciéndome que precia más un
alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su
misericordia que todos los servicios que le podemos hacer.
8. Pues andando yo con
esta pena tan grande, una noche, estando en oración, representóseme nuestro
Señor de la manera que suele, y mostrándome mucho amor, a manera de quererme
consolar, me dijo: Espera un poco, hija, y verás grandes cosas.
Quedaron tan fijadas en mi corazón estas palabras, que no las podía quitar
de mí. Y aunque no podía atinar, por mucho que pensaba en ello, qué podría
ser, ni veía camino para poderlo imaginar, quedé muy consolada y con gran
certidumbre que serían verdaderas estas palabras; mas el medio cómo, nunca
vino a mi imaginación. Así se pasó –a mi parecer–, otro medio año, y después
de éste sucedió lo que ahora diré.
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