Alba de Tormes - Diócesis de Salamanca

 

TERESA DE JESÚS

LIBRO DE LAS FUNDACIONES

 

INTRODUCCIÓN

1. El libro de la

INTRODUCCIÓN

  

            1. Origen del Libro de las Fundaciones.  Este libro –uno de los más deliciosos de la literatura clásica española– nació como imperativo de la obediencia impuesta. El célebre P. Ripalda ordenó a la madre Teresa elaborar la crónica de su hazaña reformadora, y ella, aunque sin gran entusiasmo, puso manos a la obra en Salamanca y en agosto de 1573. En este tiempo redacta los nueve primeros capítulos. Los siguientes están condicionados por los sucesos y por sus escasas ganas de escribir: entre 1574 y 1575 relata seguramente el bloque constituido por los capítulos diez al veinte. Crisis, persecuciones, interrumpieron la narración, que no se reanudará hasta que otro prelado inteligente, su adorado Gracián, se lo ordene: en Toledo, y entre octubre y noviembre de 1576, deja listos los capítulos veintiuno al veintisiete. Les coloca un epílogo, y ahora sí que se debió creer liberada. Las circunstancias cambian, se reaviva la actividad fundacional, de 1580 a 1582, en ritmo creciente, y describe, casi al filo de los sucesos, con mimo, los orígenes de los cuatro últimos conventos en sendas piezas antológicas dedicadas a Villanueva de la Jara, Palencia, Soria y Burgos. La obra, por tanto, se elaboró en un tiempo largo, es el libro de su madurez, de la última década de su existencia, y se cierra cuando su vida terrena está a punto de concluir.

 

            2. Sentido y estructura. Una y mil veces se confiesa a lo largo de estas páginas la intencionalidad que las motiva. En primer lugar, naturalmente, la de apuntar con fidelidad –salvo en lo referente a fechas lejanas y exactas que a ella le traían sin cuidado– el origen de una Reforma nacida como servicio a la Iglesia en un momento crucial. Esta historia se presenta como epopeya: no es ella, es Dios quien emerge victorioso sobre un demonio que no cesa de bullir en duelo sin par. La madre Teresa es sólo el instrumento de este ir sembrando iglesias, compensadoras de las eliminadas por los «luteranos». Agradecida impenitente, también estos capítulos se encargan de acentuar los nombres de los bienhechores de la gesta (los de quienes pusieron dificultades se silencian de forma sistemática y perdonadora). De esta suerte las monjas –destinatarias directas de lo escrito– podrán, y deberán, tener siempre presentes a quienes dedicaron sus personas, sus hijas, sus haciendas y sus desvelos a hacer posible este plan providencial. En tercer lugar, y como a ella le gusta más el papel de conductora espiritual que el de cronista, en cuanto puede engarza verdaderos tratados sintéticos de gobierno espiritual, destinados a avisar a las incautas.

            La estructura de la obra es el soporte de estos fines implícitos o confesados, y está vertebrada sobre el doble elemento de crónica y de lección, en proporciones no muy desiguales. Así se explicará el lector esas amplias «distracciones» frecuentes, sabiamente aprovechadas por la madre Teresa, pletórica de experiencia y de sapiencia, y destinadas a desenmascarar la neurastenia (melancolía se decía entonces y dice ella), falsas actitudes espirituales y tantas dificultades más o menos encubiertas que pueden enturbiar el ritmo precioso de la vida de comunidad teresiana.


 

 

            3.  Valores históricos.  No es sólo la crónica de los orígenes de los conventos reformados (desde que se planea su fundación hasta que queda lista) la que aquí se percibe. Al lector avisado se le aparecerán inmediatamente otros contenidos, que entornan el hecho principal, y que convierten a las Fundaciones en fuente envidiable y cristalina para revivir la historia de la Iglesia y de Castilla en un momento singular. Rivalidades entre Roma y Madrid, división radical de la sociedad, pertenencia de la Santa al mundo de los judeoconversos marginados, caminos terribles y posadas que la recuerdan el infierno, predilección por ciudades ricas y bien pobladas, resistencia a fundar en núcleos rurales, evolución de su pensamiento. Y tantas cosas más, proclamadas o sugeridas, como se podrán percibir a través de esta narración garbosa, espontánea, llena de descuidos materiales y vestida de la riqueza formal de un lenguaje que confiere a estas páginas el irresistible atractivo de un escribir cuasi coloquial.

 

            4.  Manuscrito e historia editorial.  De las obras mayores de santa Teresa, ésta fue la que más tarde se ofreció a la imprenta. Había demasiadas alusiones personales, mucho elogio al proscrito Gracián, delaciones involuntarias, pero terribles. Nada de extraño, por tanto, dado el clima de aquellos años, que la edición de fray Luis de León (1588) no contuviera esta obra. El manuscrito, precioso, tras ir de mano en mano (siempre sabedoras del tesoro encerrado en él), por imperativos y devoción de Felipe II acabó en El Escorial, donde se conservó –y se conserva– como reliquia privilegiada. Las copias reiteradas comenzaron a correr para satisfacer la demanda de lectura. Hasta que, por fin, vencidas las prevenciones, en Bruselas y en 1610, por iniciativa del citado Gracián y de Ana de Jesús, apareció editado el Libro de las Fundaciones que la madre Teresa dejara sin título. La edición era muy defectuosa: Ana de Jesús, ni corta ni perezosa, añadió su fundación de Granada, fuera del ciclo teresiano; se suprimían los capítulos diez y once (vocación de doña Casilda) –«de lo mejor que hay en el libro», a juicio del buen catador de entonces Jerónimo Ezquerra–, se incorporaban las desafortunadas correcciones del P. Gracián al original, etc. Y con defectos notables se fueron sucediendo las ediciones, incluso la facsímil de D. Vicente de la Fuente (1880), con pésima transcripción. Hasta que el P. Silverio (Burgos, 1919) ofreció la edición crítica y rigurosa, mejorada en leves detalles por otras posteriores.

            Nuestra edición se basa en el manuscrito teresiano. Nos hemos esforzado por revisar fielmente el texto original, aunque hemos actualizado la grafía para facilitar la lectura. En esta edición se han incorporado acotaciones lingüísticas necesarias y que debemos agradecer al especialista Juan Antonio Marcos. Se han relegado a pie de página las acotaciones de Gracián y las correcciones más inteligentes del P. Báñez o de tercera mano, que escasean después del capítulo nueve. Hemos puesto especial interés por hacer inteligible cualquier alusión de entidad, cualquier pasaje menos claro; ésta es la explicación de las notas, que hemos procurado no hinchar, pero que no hemos querido regatear cuando las circunstancias lo exigieran.

 

TEÓFANES EGIDO 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   

 

 

 

 
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