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Palabras de los Papas
Homilía de su
Santidad Pablo VI al proclamar Doctora de la Iglesia a Santa Teresa
Acabamos de conferir o, mejor dicho,
acabamos de reconocer a Santa Teresa de Jesús el título de doctora
de la Iglesia.
El solo hecho de mencionar en este lugar
y en esta circunstancia, el nombre de esta santa tan singular y tan
grande, suscita en nuestro espíritu un cúmulo de pensamientos.
El primero es la evocación de la figura
de Santa Teresa. La vemos ante nosotros como una mujer excepcional,
como a una religiosa que, envuelta toda ella de humildad, de
penitencia y de sencillez, irradia en torno a sí la llama de la
vitalidad humana y de su dinámica espiritualidad; la vemos, además,
como reformadora y fundadora de una histórica e insigne Orden
religiosa, como escritora genial y fecunda, como maestra de vida
espiritual, como contemplativa incomparable e incansable alma
activa. ¡Qué grande, única y humana, que atrayente es esta figura!
Antes de hablar de otra cosa, nos
sentimos tentados a hablar de ella, de esta santa interesantísima
bajo tantos aspectos. Pero no esperéis que, en este momento, os
hablemos de la persona y de la obra de Teresa de Jesús. Sería
suficiente la doble biografía recogida en el volumen preparado con
tanto esmero por nuestra Sagrada Congregación para las causas de los
santos para desanimar a quien pretendiese condensar en breves
palabras la semblanza histórica y biográfica de esta santa, que
parece desbordar las líneas descriptivas en las que uno quisiera
encerrarlas. Por otra parte, no es precisamente en ella donde
quisiéramos fijar durante un momento nuestra atención, sino más bien
en el acto que ha tenido lugar hace poco, en el hecho que acabamos
de grabar en la historia de la Iglesia y que confiamos a la piedad y
a la reflexión del Pueblo de Dios, en la confesión del título de
doctora a Teresa de Avila, a Santa Teresa de Jesús, la eximia
carmelita.
El significado de este acto es muy claro.
Un acto que quiere ser intencionalmente luminoso, y que podría
encontrar su imagen simbólica en una lámpara encendida ante la
humilde y majestuosa figura de la Santa. Un acto luminoso por el haz
de luz que ese mismo título doctoral proyecta sobre ella; un acto
luminoso por el otro haz de luz que ese mismo título doctoral
proyecta sobre nosotros.
Significación del título concedido
a Santa Teresa
Hablemos primero sobre ella, sobre
Teresa. La luz del título doctoral pone de relieve valores
indiscutibles que ya le habían sido ampliamente reconocidos; ante
todo, la santidad de vida, valor este oficialmente proclamado el 12
de marzo de 1622 - Santa Teresa había muerto 30 años antes- por
nuestro predecesor Gregorio XV en el célebre acto de la canonización
que incluyó en el libro de los santos, junto con esta santa
carmelita, a Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Isidro Labrador,
todos ellos gloria de la España católica, y al mismo tiempo al
florentino-romano Felipe Neri. Por otra parte, la luz del título
doctoral pone de relieve la eminencia de la doctrina y esto de un
modo especial.
Los carismas de la doctrina
teresiana
La doctrina de Teresa de Avila brilla por
los carismas de la verdad, de la fidelidad a la fe católica, de la
utilidad para la formación de las almas. Y podríamos resaltar de
modo particular otro carisma, el de la sabiduría, que nos hace
pensar en el aspecto más atrayente y al mismo tiempo más misterioso
del doctorado de Santa Teresa, o sea, en el influjo de la
inspiración divina en ésta prodigiosa y mística escritora.
¿De dónde le venía a Teresa el tesoro de
su doctrina?. Sin duda alguna, le venía de su inteligencia y de su
formación cultural y espiritual, de sus lecturas, de su trato con
los grandes maestros de la teología y de espiritualidad, de su
singular sensibilidad, de su habitual e intensa disciplina ascética,
de su meditación contemplativa, en una palabra de su correspondencia
a la gracia acogida en su alma, extraordinariamente rica y preparada
para la práctica y para la experiencia de la oración. Pero¿ era ésta
la única fuente de su eminente doctrina?.¿ O acaso no se encuentran
en Santa Teresa hechos, actos y estados en los que ella no es el
agente, sino más bien el paciente, o sea, fenómenos pasivos y
sufridos, místicos en el verdadero sentido de la palabra, de tal
forma que deben ser atribuidos a una acción extraordinaria del
Espíritu Santo?.
Estamos, sin duda alguna, ante un alma en
la que se manifiesta la iniciativa divina extraordinaria del
Espíritu Santo? .
Estamos, sin duda alguna, ante un alma en
la que se manifiesta la iniciativa extraordinaria, sentida y
posteriormente descrita llana, fiel y estupendamente por Teresa con
un lenguaje literario peculiarísimo.
Una vida consagrada a la
contemplación y comprometida en la acción
Al llegar aquí, las preguntas se
multiplican. La originalidad de la acción mística es uno de los
fenómenos psicológicos más delicados y más complejos, en los que
pueden influir muchos factores, y obligan al estudioso a tomar las
más severas cautelas, al mismo tiempo que en ellos se manifiestan de
modo sorprendente las maravillas del alma humana, y entre ellas la
más comprensiva de todas: el amor, que encuentra en la profundidad
del corazón sus expresiones más variadas y más auténticas; ese amor
que llegamos a llamar matrimonio espiritual, porque no es otra cosa
que el encuentro del amor divino inundante, que desciende al
encuentro del amor humano, que tiende a subir con todas sus fuerzas.
Se trata de la unión con Dios más íntima
y más fuerte que sea dado experimentar a un alma viviente en esta
tierra, de una unión que se convierte en luz y en sabiduría,
sabiduría de las cosas divinas y sabiduría de las cosas humanas.
De todos estos secretos nos habla la
doctrina de Santa Teresa. Son los secretos de la oración. Esta es su
enseñanza. Ella tuvo el privilegio y el mérito de conocer estos
secretos por vía de la experiencia, vivida en la santidad de una
vida consagrada a la contemplación y, al mismo tiempo, comprometida
en la acción, por vía de experiencia simultáneamente sufrida y
gozada en la efusión de carismas espirituales extraordinarios. Santa
Teresa ha sido capaz de contarnos estos secretos, hasta el punto de
que se la considera como uno de los supremos maestros de la vida
espiritual. No en vano la estatua de la fundadora Teresa colocada en
la basílica lleva la inscripción que tan bien define a la Santa:
Mater spiritualium.
Maestra de oración
Todos reconocían, podemos decir que con
unánime consentimiento, ésta prerrogativa de Santa Teresa de ser
madre y maestra de las personas espirituales. Una madre llena de
encantadora sencillez, una maestra llena de admirable profundidad.
El consentimiento de la tradición de los santos, de los teólogos, de
los fieles y de los estudiosos, se lo había ganado ya. Ahora lo
hemos confirmado nosotros, a fin de que, nimbada por este título
magistral, tenga en adelante una misión más autorizada que llevar a
cabo dentro de su familia religiosa, en la Iglesia orante y en el
mundo, por medio de su mensaje perenne y actual: el mensaje de la
oración.
Esta es la luz, hecha hoy más viva y
penetrante, que el título de doctora conferido a Santas Teresa
reverbera sobre nosotros.
El mensaje de oración nos llega a
nosotros, hijos de la Iglesia, en una hora caracterizada por un gran
esfuerzo de reforma y de renovación de la oración litúrgica; nos
llega a nosotros, tentados, por el reclamo y por el compromiso del
mundo exterior, a ceder al trajín de la vida moderna y a perder los
verdaderos tesoros de nuestra alma por la conquista de los
seductores tesoros de la tierra.
Este mensaje llega a nosotros, hijos de
nuestro tiempo, mientras no sólo se va perdiendo la costumbre del
coloquio con Dios, sino también el sentido y la necesidad de
adorarlo y de invocarlo.
Llega a nosotros el mensaje de la
oración, canto y música del espíritu penetrado por la gracia y
abierto al diálogo de la fe, de la esperanza y de la caridad,
mientras la exploración psicoanalítica desmonta el frágil y
complicado instrumento que somos, no para escuchar la voces de la
humanidad dolorida y redimida, sino para escuchar el confuso
murmullo del subconsciente animal y los gritos de las indomadas
pasiones y de la angustia desesperada.
Llega ahora a nosotros el sublime y
sencillo mensaje de la oración de parte de la sabia Teresa, que nos
exhorta a comprender "el gran bien que hace Dios a un alma que la
dispone para tener oración con voluntad…,que no es otra cosa la
oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas
veces tratando a solas con quien sabemos nos ama".
Este es, en síntesis, el mensaje que nos
da Santa Teresa de Jesús, doctora de la santa Iglesia. Escuchémoslo
y hagámoslo nuestro.
La mujer no está destinada a tener
en el Iglesia funciones jerárquicas
Debemos añadir dos observaciones que nos
parecen importantes. En primer lugar hay que notar que santa Teresa
de Avila es la primera mujer a quien la Iglesia confiere el título
de doctora; y esto no sin recordar las severas palabras de S. Pablo:
"Las mujeres cállense en las iglesias"( 1 Cor 14,34); lo cual quiere
decir todavía hoy que la mujer no está destinada a tener en la
Iglesia funciones jerárquicas de magisterio y de ministerio. ¿Se
habrá violado entonces el precepto apostólico?.
Podemos responder con claridad: no.
Realmente no se trata de un título que compromete funciones
jerárquicas de magisterio, pero a la vez debemos señalar que este
hecho no supone en ningún modo un menosprecio de la sublime misión
de la mujer en el seno del Pueblo de Dios.
Por el contrario, ella, al ser
incorporada a la Iglesia por el bautismo, participa de ese
sacerdocio común de los fieles, que la capacita y la obliga a
"confesar delante de los hombres la fe que recibió de Dios mediante
la Iglesia".
Y en esa confesión de fe de tantas
mujeres han llegado a las cimas más elevadas, hasta el punto que su
palabra y sus escritos han sido luz y guía de sus hermanos. Luz
alimentada cada día en el contacto íntimo con Dios, aún en las
formas más elevadas en la oración mística, para la cual San
Francisco de Sales llega a decir que poseen una especial capacidad.
Luz hecha vida de manera sublime para el bien y el servicio de los
hombres.
Por eso el concilio ha querido reconocer
la preciosa colaboración, con la gracia divina, que las mujeres
están llamadas a ejercer para instaurar el Reino de Dios en la
tierra, y, al exaltar la grandeza de su misión, no duda en
invitarlas igualmente a ayudar " a que la humanidad no decaiga", "a
reconciliar a los hombres con la vida", "a salvar la paz del mundo".
Teresa, santa española con temple
de reformadora
En segundo lugar, no queremos pasar por
alto el hecho de que Santa Teresa era española, y con razón España
la considera una de sus grandes glorias. En su personalidad se
aprecian los rasgos de su patria: la reciedumbre de espíritu, la
profundidad de sentimientos, la sinceridad de alma, el amor a la
Iglesia. Su figura se centra en una época gloriosa de santos y de
maestros que marcan su siglo con el florecimiento de la
espiritualidad. Los escucha con la humildad de la discípula, a la
vez que sabe juzgarlos con la perspicacia de una gran maestra de
vida espiritual, y como tal la consideran ellos.
Por otra parte, dentro y fuera de las
fronteras patrias se agitan violentos los aires de la Reforma,
enfrentando entre sí a los hijos de la Iglesia. Ella, por su amor a
la verdad y por el trato íntimo con el Maestro, hubo de afrontar
sinsabores e incomprensiones de toda índole, y no sabía como dar paz
a su espíritu ante la rotura de la unidad: "Fatiguéme mucho-
escribe- y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el
Señor y le suplicaba redimiese tanto mal"
Este su sentir con la Iglesia, probado en
el dolor que consumía sus fuerzas, la llevó a reaccionar con toda la
entereza de su espíritu castellano en un afán de edificar el reino
de Dios; ella decidió penetrar en el mundo que la rodeaba con una
visión reformadora para darle un sentido, una armonía, un alma
cristiana.
Hija de la Iglesia
A distancia de cinco siglos, Santa Teresa
de Avila sigue marcando las huellas de su misión espiritual, de la
nobleza de su corazón, sediento de catolicidad; de su amor,
despojado de todo apego terreno para entregarse totalmente a la
Iglesia. Bien pudo decir, antes de su último suspiro, como resumen
de su vida:" En fin, soy hija de la Iglesia".
En esta expresión, presagio y gusto de la
gloria de los bienaventurados para Teresa de Jesús, queremos
adivinar la herencia espiritual por ella legada a España entera.
Debemos ver asimismo una llamada dirigida a todos a hacernos eco de
su voz, convirtiéndola en lema de nuestra vida para poder repetir
con ella: ¡Somos hijos de la Iglesia!
Con nuestra bendición apostólica.
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