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Textos sobre espiritualidad
SÍNTESIS
HISTÓRICA DE LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL
Experiencia
Católica
JORDÁN
AUMANN
Introducción
Espiritualidad de la primera iglesia
Gnosticismo
Espiritualidad monástica
Espiritualidad medieval
Espiritualidad post-tridentina
Espiritualidad moderna
Introducción
La
revelación de Dios a los hombres tuvo su cumplimiento en Jesucristo
y terminó con la muerte del último apóstol Juan. Bajo la guía del
Espíritu santo la iglesia ha estudiado y meditado continuamente el
conjunto de las verdades reveladas y en consecuencia se ha dado un
desarrollo en la doctrina, una « revelación ininterrumpida», como
afirmó el cardenal Newman: «Toda la Biblia se escribió según el
principio del desarrollo... No hay doctrina que esté ya completa al
comienzo, sin que luego se vaya enriqueciendo por la profundización
de fe y por los ataques de la herejía».
La
espiritualidad cristiana no se escapa de la ley del desarrollo y de
la evolución. Lo afirmó muy bien el cardenal Newman: «Si el
cristianismo es una religión universal, no adaptada únicamente a un
determinado lugar o a un determinado período, sino a todos los
tiempos y lugares, no puede menos de variar en sus relaciones y en
sus contactos con el mundo circundante; es decir, tiene que
evolucionar. Los principios requieren aplicaciones diversas según el
cambio de las personas y de las circunstancias y tienen que
expresarse con nuevas formulaciones que estén de acuerdo con la
forma de sociedad en la que tienen que influir»
La
espiritualidad cristiana ha cambiado a lo largo de los siglos, bien
como doctrina o bien como vida: como doctrina, porque los principios
fundamentales de la espiritualidad cristiana se han desarrollado e
interpretado en la investigación teológica; como vida, porque
diversos individuos y grupos en la iglesia han presentado una
santidad cristiana modificada por las influencias culturales de un
período histórico determinado o de un lugar particular. Es tarea de
la historia de la espiritualidad describir este proceso evolutivo
seguido por los cristianos que a lo largo de los siglos han
realizado la experiencia de Cristo y de la enseñanza evangélica y
han dado allí su propio testimonio.
El
catolicismo no es una religión del pasado; es una iglesia peregrina,
en camino hacia el futuro. Por eso, aunque esta síntesis histórica
es un registro del pasado, no se ha escrito simplemente para exaltar
las gestas lejanas de santos y de místicos, sino para demostrar los
principios perennes de la espiritualidad católica y para describir
la renovación y la adaptación constante de estos principios a través
de la historia de la iglesia. Por la limitación del espacio nos
vemos obligados a describir tan sólo aquellas manifestaciones de
santidad cristiana y de evangelio vivido que han tenido un impacto
universal y duradero sobre el pueblo de Dios.

Espiritualidad de
la primera iglesia
La
espiritualidad de la iglesia primitiva que comprendía a las primeras
generaciones después del tiempo de los apóstoles nos es conocida no
tanto por la literatura de aquel período como a través de la
tradición oral. En efecto, según Bouyer, los relativamente pocos
textos de que disponemos son de importancia más bien secundaria.
Estos primeros escritores cristianos, conocidos como padres
apostólicos, eran individuos que habían conocido a los apóstoles o
por lo menos fueron sus inmediatos sucesores.
La primera
iglesia era litúrgica y carismática más bien que
«institucionalizada», aunque había ya una estructura jerárquica y no
había tensiones entre el aspecto carismático y el jerárquico. No
había aún una teología sistemática (que evolucionará con el
desarrollo de ciertas escuelas como Alejandría y con la defensa de
la fe contra la herejía y los movimientos heterodoxos). Tampoco
había formas de vida cristiana distintas de la «vida apostólica»
descrita en los Hechos de los apóstoles. Por consiguiente es posible
describir la espiritualidad de la primera iglesia tomando como base
lo que se nos dice en los Hechos de los apóstoles y en la literatura
restante de los dos primeros siglos.
La
espiritualidad de la primera iglesia era cristocéntrica; ésta es la
característica primera y fundamental. Las palabras y los gestos de
Cristo estaban constantemente en la mente y en el corazón de los
primeros cristianos que vivían aguardando la vuelta del Señor
resucitado.
Observa P. Pourrat:
Tendríamos
una idea muy incompleta de la espiritualidad de este período si no
nos diéramos cuenta de la posición absolutamente preponderante que
ocupa en ella la persona de Cristo... Jesús se presenta
continuamente a los fieles como modelo del cristiano e ideal de
santidad... Jesús no era para los primeros cristianos un ideal
abstracto. Por todas partes era manifiesto el sentimiento tan claro
de su presencia en la iglesia y en los corazones de los fieles
[5].
En segundo lugar, la
espiritualidad cristiana primitiva era escatológica. Pensando en el
próximo retorno de Cristo, los fieles cristianos se centraban en una
vigilante preparación para la parusía. Después de las diversas
formas de milenarismo propagadas por Papías y sus seguidores,
apoyadas en una interpretación literal del Apocalipsis (20, 1-10),
se necesitaron dos siglos para purgar el concepto de milenio de sus
exageraciones y para mantener el hecho fundamental de que la iglesia
está ya, desde la pasión y la muerte de Cristo, en sus últimos días
[6].
En tercer
lugar, la espiritualidad cristiana primitiva era ascética en el
significado original de esta palabra, es decir, práctica constante
de la virtud. Los primeros cristianos se distinguían especialmente
en la práctica de la caridad fraterna, de la humildad, paciencia,
perseverancia, castidad y obediencia. Cada uno de los cristianos se
esforzaba en llevar una vida virtuosa a imitación de Cristo y en los
días de persecución la manifestación más alta de santidad era el
martirio. Más tarde será el celibato; y más tarde todavía el
ascetismo se convertirá en una firma de vida caracterizada por la
austeridad. También el ascetismo como separación del mundo surgirá
de alguna manera como resultado del elemento escatológico
[7].
La cuarta
característica de la espiritualidad cristiana de los primeros
tiempos puede definirse como litúrgica. Según L. Bouyer parece ser
que san Clemente fue el primero en utilizar la palabra «liturgia»
aplicándola al culto cristiano. El punto focal de la vida litúrgica
era la eucaristía; pero los primeros cristianos -convertidos del
judaísmo- conservaban además la práctica de las formas de piedad y
de culto judías. «No hay nada tan interesante -indica L. Bouyer-
para la novedad del cristianismo, pero también para sus permanentes
raíces en el terreno de la espiritualidad judía, como un examen de
las fórmulas eucarísticas que nos ha transmitido la primitiva
iglesia comparadas con las del judaísmo». La liturgia cristiana
primitiva comenzaba con lecturas de la Escritura, plegarias y una
instrucción, a la que seguía la confesión de fe, la oración
eucarística y la asunción de las sagradas especies. Dice
acertadamente P. Evdokimov: «Durante la liturgia se convoca al
pueblo primero para escuchar y luego para consumir la Palabra».
Finalmente
la espiritualidad de la primera iglesia era comunitaria; es decir,
la vida común era un elemento esencial, como sabemos por el
testimonio de los Hechos de los apóstoles. La comunidad era el
ambiente en donde el fiel practicaba el amor fraterno y era también
un aspecto importante de la liturgia y del culto. Además, la vida en
común era el elemento fundamental para la comunidad de bienes y para
la renuncia de las propiedades personales, tal como leemos en Hech
2, 42-47 y 4, 32-35. Pero con el aumento de los miembros de la
iglesia dispersos por varias naciones y culturas se hicieron
necesarias ciertas adaptaciones en el estilo de vida de los fieles.
Era algo que había que esperar lógicamente, si se tiene en cuenta
que incluso en tiempos de los apóstoles el concilio de Jerusalén
sintió la necesidad de modificar los requisitos de la vida
comunitaria (cf. Hech 15, 5-29)[11].
También
hay otros desarrollos en la iglesia primitiva que vale la pena
destacar. La Didajé hace referencia a la iglesia como universal y
además como una y santa; san Clemente recuerda a los corintios la
obediencia a la jerarquía y defiende la primacía de la sede de Roma;
san Ignacio utiliza la expresión iglesia «católica», defiende la
jerarquía y es el primero no-romano que hace referencia a la
primacía de Roma; el deseo de numerosos cristianos de preservar la
vida de comunidad en las iglesias locales pudo haber sido un factor
importante para la aparición de comunidades monásticas.

Gnosticismo
La
aparición y la difusión de formas heterodoxas de gnosticismo
constituye uno de los capítulos más interesantes y discutidos de la
patrología, pero aquí sólo consideraremos el gnosticismo ortodoxo.
Según L. Bouyer, el gnosticismo no fue en sus orígenes un movimiento
heterodoxo ni en el judaísmo ni en el cristianismo. Incluso en san
Clemente, el teólogo más interesado por la filosofia griega, la
gnosis se entiende como «conocimiento del Nombre y comprensión del
evangelio». J. Dupont sostiene que el concepto de gnosis en san
Pablo no guarda relación con la filosofia griega y que en el período
de la influencia helenista sobre la teología la gnosis se refería al
conocimiento de Dios sólo como consecuencia de la Biblia griega.
El
gnosticismo cristiano fue incorporado a la espiritualidad cristiana
por obra de la escuela de Alejandría, bajo el impulso de Clemente
Alejandrino (150-217) y Orígenes (185-254). Según Clemente la gnosis
está íntimamente ligada a la oración y no es solamente un
conocimiento especulativo de Dios. La cima de la gnosis es la
contemplación y su grado más alto es la apatheia, es decir, el
control completo de las propias pasiones y de los propios deseos
[14]. Orígenes por el contrario trata
más explícitamente de participación en el misterio de Cristo y de
conclusión de la evolución mística en la Trinidad mediante un
matrimonio místico[15].

Espiritualidad monástica
De las dos
manifestaciones preponderantes de santidad cristiana -el martirio y
el celibato- es el celibato (o la virginidad) el que se vio
favorecido en el siglo IV cuando terminaron las persecuciones. Los
cristianos que deseaban ser fieles a la vida ascética de la primera
iglesia creían necesario retirarse del mundo. Indica P. Evdokimov:
«No es ya el mundo pagano el que lucha y elimina al mártir, sino el
eremita el que emprende el ataque y elimina al mundo de su propio
ser» 16. Así pues, el monaquismo no es un elemento nuevo añadido a
la espiritualidad cristiana, sino un intento de preservar intacto el
ideal de vida cristiana tal como se vivía al comienzo, a saber, la
vida apostólica.
El
elemento distintivo del monaquismo consistía en la separación del
mundo para buscar la unión con Dios en una vida de oración y de
prácticas ascéticas. Al comienzo la vida monástica estaba
estrechamente unida a la contemplación y al eremitismo. Este estilo
de vida había comenzado en Egipto con san Pablo de Tebas y san
Antonio, cuya larga vida abarca todo el período del primer
monaquismo (251-356). La vida del eremita o del anacoreta consistía
en práctica ascéticas, trabajo manual, meditación de la Escritura y
uso de jaculatorias.
San
Pacomio (348) y san Basilio (330-379) introdujeron algunos cambios
en la vida monástica que dentro del monaquismo dieron origen al
estilo cenobítico. Aunque separados del mundo y entregados a una
vida de oración, los monjes tenían que vivir en comunidad y ejercer
un apostolado (ordinariamente de dirección espiritual) que fuera
compatible con la vida estrictamente contemplativa. Y con la
introducción de la vida común para los monjes se puso necesariamente
un notable énfasis en la obediencia al abad, con lo que la vida
monástica se hizo más estructurada.
Muchas de
las prácticas de los monasterios pacomianos fueron adoptadas más
tarde por las órdenes monásticas y mendicantes de la iglesia de
occidente: el período de postulantado y noviciado antes de la
profesión, el voto de la comunidad para la admisión de los novicios
a la profesión, la promesa de obediencia a las reglas, la
importancia de la observancia del silencio, el ayuno prolongado y la
abstinencia total de carne y de vino.
En el
siglo IV el monaquismo cobró también un gran auge en la iglesia de
occidente, especialmente en Roma, pero recibió un nuevo impulso
cuando ciertos individuos como san Atanasio (fi373) y Casiano (en el
414) introdujeron en la iglesia latina las prácticas del monaquismo
oriental. Sin embargo, el aspecto eremítico de la vida monástica no
floreció nunca en occidente tanto como en oriente. De hecho, aunque
fue introducido en occidente, el monaquismo oriental se
occidentalizó enseguida. Según Casiano, el objetivo de la vida
monástica es la perfección interior del monje, pero esta perfección
consiste en la caridad y no en el modo monástico de vivir en cuanto
tal. El objetivo del ascetismo monástico es la oración
contemplativa.
A
diferencia de Casiano, san Agustín (t430) desarrolló un tipo
original de vida comunitaria, un monaquismo clerical que fue
abandonando gradualmente el objetivo contemplativo para centrarse en
el ministerio pastoral. San Agustín esparció, por así decirlo, las
semillas de la vida canónica, que no alcanzaría todo su
florecimiento hasta el siglo XI con la aparición de los canónigos
regulares [20].
La nota
dominante del monaquismo fue, también en occidente, el aspecto
contemplativo, que fue preservado y enriquecido por san Benito
(480-547), el padre del monaquismo occidental. Para proteger mejor
al monje del mundo y para prevenir la involución de los monjes en un
apostolado exterior, san Benito añadió a la vida de los benedictinos
el voto de estabilidad [21]. Los
monjes benedictinos eran en su mayor parte laicos; su vida estaba
dedicada a la liturgia de la misa y del oficio divino, a la lectio
divina, y al trabajo manual. El monaquismo benedictino es uno de los
factores más importantes de la civilización y evangelización de
Europa. Y durante muchos siglos siguió siendo el foco y la fuente de
la vida cristiana del laicado.
Pero en el
siglo VI el papa san Gregorio Magno (540-604), el primer monje que
llegó a ser papa, no vaciló en ordenar sacerdotes a los monjes e
incluso en confiarles tareas apostólicas. Paralela a esta historia
corre la acción maravillosa de los monjes irlandeses, famosos tanto
por su severo ascetismo como por su predicación evangélica en el
continente europeo.
Durante
este período las diversas clases de cristianos -sacerdotes, monjas,
religiosas y laicos- conservaban su identidad, aun cuando la
influencia predominante en la espiritualidad se debía al monaquismo
benedictino. En el laicado había dos clases: los fieles ordinarios y
los ciudadanos devotos. El primer grupo vivía lo que Beda llamaba la
vita popularis; recibían una instrucción de base sobre la vida
cristiana, pero su conocimiento de la fe era tan rudimentario que
muchos se dejaban fácilmente atraer por la magia, la superstición y
las ciencias ocultas. Los cristianos «fervorosos», por el contrario,
solían girar en torno a los monasterios y vivían una vida de
penitencia, asistían a la misa y al oficio divino, practicaban la
oración mental o la lectura espiritual y no pocas veces hacían voto
de celibato.
Gracias a
san Gregorio Magno la vida espiritual del clero mejoró notablemente.
Los sacerdotes eran invitados a reunirse en torno al obispo de la
diócesis para la obra pastoral y para la liturgia. Se les asignaba
una iglesia particular para su ministerio sacerdotal, y para
proteger su celibato se les estimulaba a vivir en comunidad. Se
concedía un gran peso a la necesidad de la santidad personal en la
vida sacerdotal, como resulta evidente de la carta del venerable
Beda a Egberto de York en el año 734.
Por lo que
se refiere a la vida cristiana en general podemos advertir los
siguientes desarrollos. El ascetismo tan severo de los antiguos
monjes y ermitaños fue sustituido gradualmente por el ascetismo de
servicio al prójimo y el trabajo manual. Las obras de misericordia
corporal se les proponían a los fieles como actos convenientes y
necesarios de caridad fraterna y de penitencia. La vida de oración
seguía siendo en gran medida común y litúrgica. Y para todas las
categorías de cristianos la vida espiritual se apoyaba en la misa,
el oficio divino, las homilías y la lectura de las Escrituras. El
salterio era la base incluso de la oración privada y muchos de los
himnos del oficio divino se compusieron durante este período,
incluidas algunas letanías. Fue una época de crecimiento para la
iglesia de occidente que dejó huellas en los siglos posteriores

Espiritualidad medieval
La
espiritualidad de la edad media se extiende aproximadamente del
siglo X al siglo XV, un período que vio la aparición de las famosas
escuelas de teología y de formas nuevas de vida religiosa. Como
consecuencia de ello la espiritualidad de este período puede
identificarse estrechamente con las órdenes religiosas que
florecieron entre el siglo XII y el siglo XV: los benedictinos, los
canónigos regulares, los franciscanos y los dominicos. Aunque
distintos en su forma de vida, en su misión y en sus carismas, las
órdenes religiosas se desarrollaron del mismo modo en «escuelas de
espiritualidad» en el interior de la única tradición católica. De
este modo, bajo la guía brillante de san Bernardo, la espiritualidad
medieval benedictina estuvo caracterizada por la piedad afectiva,
mientras que los benedictinos de Cluny mantuvieron más bien la vida
litúrgica en su espiritualidad; los canónigos regulares de san
Víctor añadieron una dimensión mística y contemplativa; los
dominicos dieron una interpretación especulativa y sistemática; y
los franciscanos cultivaron una espiritualidad cristocéntrica.
Al
comienzo de la edad media el monaquismo benedictino ocupaba una
influencia predominante en la vida espiritual de los cristianos,
pero como todas las instituciones humanas la orden se fue alejando
poco a poco de su fervor y de su observancia primitiva. Hubo varios
intentos de reforma que no duraron mucho tiempo y gradualmente los
monjes benedictinos fueron moderando su práctica del ascetismo y
concedieron menos importancia al trabajo manual, concentrándose más
bien en la liturgia y en la lectio divina. En consecuencia, la
influencia de los benedictinos en la espiritualidad católica de la
primera edad media fue sobre todo escriturística y litúrgica.
En el
campo de la liturgia los benedictinos promovieron la reforma
litúrgica que inició Carlomagno. Los monjes devolvieron al canto su
pureza original y compusieron un gran número de himnos. Los temas
litúrgicos tenían como centro principal a Cristo (especialmente bajo
el título de redentor, rey, señor, y la santa cruz) y a la virgen
María. En el año 817 el concilio de Aix-la-Chapelle obligó a los
sacerdotes a la misa comunitaria cotidiana y al oficio coral, pero
se negó a imponer el rezo privado del breviario. La misa era
considerada como el memorial de la pasión y muerte de Cristo;
mediante ella Cristo comunica los frutos de su misterio pascual a la
humanidad. Se hablaba con mucha insistencia de las disposiciones
necesarias para recibir dignamente la eucaristía.
Una figura
destacada en la reforma de la edad media fue san Pedro Damiani (
t1072), que dedicó toda su vida a la reforma de la iglesia
especialmente en tres campos: la reforma del clero diocesano, la
renovación de la vida monástica y la regulación de las relaciones
iglesia-estado. Entre tanto las reformas monásticas seguían su curso
en Cluny como punto central de donde dimanaban nuevas fundaciones. A
principios del siglo XII había unas dos mil abadías, prioratos y
conventos afiliados a Cluny.
No
obstante, en el siglo XI el monaquismo empezó a moverse en diversas
direcciones haciendo surgir nuevas formas de vida religiosa. Algunos
grupos, como los camaldulenses (fundados por san Romualdo entre el
1023 y el 1027), los cartujos (fundados por san Bruno en el 1084),
volvieron a la vida eremítica en un contexto comunitario. Otros,
como los premonstratenses (fundados por san Norberto entre el 1115 y
el 1126), añadieron a la vida monástica el ministerio sacerdotal. Un
tercer fruto del monaquismo benedictino fue la orden cisterciense
fundada por san Roberto de Molesmes en 1098. Los cistercienses
intentaron volver a la vida monástica primitiva insistiendo en la
austeridad, el trabajo manual y la pobreza. Introdujeron una forma
de gobierno confiado a un abad general y a un capítulo general que
habría de convertirse en el modelo de futuros institutos religiosos.
Además, redujeron un poco la importancia que se daba a la vida
litúrgica y volvieron a trabajar los campos. Esto es lo que
constituye la diferencia fundamental entre los monjes «negros» de
Cluny y los monjes «blancos» de Citeaux. San Bernardo (1091-1153) es
la figura más eminente de la espiritualidad cisterciense, así como
la personalidad más influyente del siglo XII.
En este
punto hay que decir unas palabras sobre la vida religiosa femenina y
sobre la aparición de los hermanos legos. J. Leclercq alude a un
«movimiento feminista» en la vida monástica a finales del siglo XI,
refiriéndose al aumento imprevisto del número de mujeres que
deseaban dedicarse a una vida de soledad, de austeridad y de
oración. A comienzos del siglo XII Roberto de Arbissel organizó
numerosos monasterios de mujeres dándoles la regla de san Benito.
Eran tiempos en los que todas las religiosas eran contemplativas; la
regla de san Benito era la base y guía de toda la vida monástica.
Por lo que
se refiere a los hermanos legos, conocidos también como conversos,
se pueden sugerir varias razones para explicar su aparición en la
vida monástica. Al principio, como ya hemos señalado, los monjes
eran religiosos laicos y no clérigos. Pero ya en el siglo IV el papa
san Siricio había establecido que los monjes que mereciesen la
ordenación y tuvieran una preparación suficiente fueran admitidos al
sacerdocio. En el año 1311 el papa Clemente V establecía que los
monjes, por notificación de su abad, tuvieran que prepararse para
las sagradas órdenes. En consecuencia, nacieron los hermanos legos
como una clase de monjes distintos de los monjes sacerdotes y de los
monjes de coro, a los que solían encomendar las tareas domésticas y
manuales del monasterio.
El origen
de los canónigos regulares puede hacerse remontar a los tiempos de
san Agustín. Así, el papa Urbano II en una carta dirigida a una
comunidad de canónigos de Baviera, afirmaba que la suya era «la
forma de vida que había sido instituida por el mártir Urbano papa,
que había organizado Agustín con su regla, que Jerónimo había
forjado con sus cartas, y que Gregorio había ordenado instituir a
Agustín, obispo de los ingleses». Pero los canónigos regulares, tal
como los conocemos actualmente, no aparecieron antes de la segunda
mitad del siglo XI. En aquel tiempo la regla de san Agustín se
convirtió en la base de la vida canónica, y los canónigos regulares
fueron reconocidos como religiosos, aunque distintos de los monjes.
Durante el siglo XI existían también diversos cabildos de canónigos
regulares, que eran comunidades de sacerdotes diocesanos que vivían
según los consejos evangélicos y se dedicaban al ministerio
sacerdotal[26]. En este período los
canónigos regulares más famosos fueron los canónigos de san Víctor
(o victorinos) y los norbertanos. Al mismo tiempo se introdujeron en
la vida de la iglesia otras comunidades religiosas y asociaciones
piadosas. La mayor parte de ellas desarrollaron durante algún tiempo
sus funciones para desaparecer luego o cambiar su identidad. Así se
fundaron diversas sociedades para el cuidado de los enfermos, como
los hospitalarios de san Antonio (fundados en 1095) y los
hospitalarios del Espíritu santo (fundados en 1180). Los trinitarios
fueron instituidos en el 1198 para la redención de los esclavos. En
Milán se fundaron los «humillados» (aunque muchos de ellos fueron
condenados como herejes en 1184). Los «fratres de ponte» fueron
fundados en el mismo siglo para la construcción de puentes y la
manutención de hospicios. Los bigardos y begüias se dedicaron al
cuidado de los enfermos, a la sepultura de los muertos y a la
instrucción catequética. Había finalmente, varias órdenes de
caballeros para la protección de los peregrinos y la defensa de los
santos lugares de Jerusalén: los caballeros de san Juan, los
templarios y los caballeros teutónicos; todos ellos fueron
verdaderas órdenes religiosas aprobadas y protegidas por la Santa
Sede.
Los siglos
XI y XII vieron además algunos cambios en la vida sacramental y
devocional de los fieles. La palabra «sacramento» asumió desde el
siglo XI el sentido restrictivo de signo sensible instituido por
Jesucristo para dar la gracia, y las dos iglesias -la griega y la
latina- fijaron en siete el número de sacramentos. Desde el siglo
XII empezó a recibirse la eucaristía en la iglesia latina sólo bajo
la especie de pan, administrada únicamente a los que tenían al menos
diez años de edad. Debido a las disputas sobre el momento exacto de
la consagración en la misa, se estableció que la hostia se levantase
inmediatamente después de las palabras de la consagración y empezó
la práctica de arrodillarse desde la consagración hasta la comunión.
El
concilio IV de Letrán (1215) prescribió que todos los fieles al
llegar a la edad de la razón confesasen sus pecados al menos una vez
al año y recibieran la comunión en el tiempo pascual. El mismo
sínodo se lamentaba de que algunos obispos y sacerdotes celebrasen
la misa tan sólo dos o tres veces al año y al mismo tiempo prohibió
a los sacerdotes celebrar más de una misa al día, excepto en
navidad. Parece ser que la palabra «transubstanciación» se introdujo
en la teología por obra del obispo Ildeberto de Tours en el año
1079.
Las preces
que recitaban los fieles eran el padrenuestro y el credo de los
apóstoles. El avemaría se limitaba a la salutación angélica: «Dios
te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita
tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu
vientre». La palabra «Jesús» se añadió tan sólo en el siglo XV. Pero
la Salve Regina era ya muy común en el siglo XII y se cantaba en
procesión al terminar las completas en muchas órdenes monásticas.
La vida
religiosa siguió evolucionando en el siglo XIII lo mismo que en el
siglo anterior y en esta evolución se conservaron algunos elementos
monásticos tradicionales, mientras que se introdujeron otros
elementos nuevos y creativos. Así, a pesar de la prohibición del
concilio de Letrán (1215) respecto a nuevas formas de institutos
religiosos, la iglesia aprobó dos nuevos institutos: los hermanos
predicadores (dominicos) y los hermanos menores (franciscanos). Como
órdenes mendicantes que llevaban una vida monástica, las dos órdenes
insistían en la vida de estricta pobreza, en la observancia
monástica y en la vida de comunidad. Como órdenes apostólicas, las
dos se fundaron para el ministerio y la predicación. Los
franciscanos y los dominicos se mantenían fieles a las tradiciones
monásticas en lo que se refería a su estilo de vida, pero daban al
mismo tiempo una respuesta a las necesidades de la iglesia en lo que
se refería al apostolado de la predicación.
Santo
Domingo (1170-1221) había sido viceprior de los canónigos de san
Agustín en Osma (España) antes de fundar la orden de los
predicadores con la ayuda y bajo la inspiración del obispo Diego de
Osma.
Desde el
principio insistió en que la finalidad de su orden era «predicar
para la salvación de las almas», y antes incluso de que se
constituyera su orden había fundado en Prouille (Francia) en 1207 un
monasterio de religiosas de clausura. Las primeras constituciones de
los dominicos se basaban en gran parte en las constituciones de los
norbertanos y además los hermanos predicadores vivían según la regla
de san Agustín. Comprometidos como estaban en la misión apostólica
de predicar el evangelio, los dominicos estaban seriamente obligados
a estudiar la doctrina sagrada como medio indispensable para el
ministerio de la palabra. Para facilitar el cumplimiento de esta
actividad el superior tenía el poder de dispensar a los religiosos
de todo lo que pudiera ser un impedimento para el estudio, para la
predicación y para el bien de las almas. Consiguientemente, la
espiritualidad de los dominicos es a la vez doctrinal y apostólica,
y su mayor aportación a la iglesia a lo largo de los siglos ha
venido del púlpito, de las cátedras y de los libros de autores
dominicos.
La forma
de vida introducida por san Francisco de Asís (1182-1226) era la de
los predicadores ambulantes que llevaban una vida de austeridad y
pobreza. A este propósito tanto Francisco como Domingo vieron la
necesidad de reaccionar contra los conceptos heterodoxos de pobreza
y de vida evangélica con la imitación auténtica de los apóstoles.
Francisco intentaba vivir lo más posible al pie de la letra el
mandato de Mt 10, 9-10, pero ya en vida suya se registró entre sus
seguidores un conflicto sobre la interpretación y la práctica de la
pobreza evangélica. El resultado de esta tensión fue la división de
la orden franciscana en tres ramas: hermanos menores de la unión
leonina (O.F.M.), hermanos menores conventuales (O.F.M.Conv.) y
hermanos menores capuchinos (O.F.M.Cap.). Considerando estos
desarrollos cabe preguntarse justamente si no fue san Francisco
demasiado exigente respecto a la pobreza o si su carisma no fue
demasiado personal para aplicarse a un instituto religioso. El 17 de
septiembre de 1224 Francisco recibió el carisma de las llagas y es
el primer ejemplo que registra la historia de una persona marcada
visiblemente por las heridas de la pasión de Cristo.
Gracias
sobre todo a la predicación popular de los franciscanos (recordemos
por ejemplo a san Antonio de Padua y a san Bernardino de Sena) la
devoción a Cristo ocupaba un lugar central en la espiritualidad de
la segunda edad media. Pero no se trataba de una innovación, sino de
una continuación o intensificación de la devoción promulgada por
predicadores como san Bernardo y los cistercienses. Junto con la
devoción a Cristo, especialmente en los diversos misterios de su
vida terrena (por ejemplo los franciscanos hicieron popular el belén
y la devoción a la pasión de Cristo, mientras que los dominicos
predicaban el rosario), había una profunda devoción a María y a los
santos. Esto se refleja en las obras de arte que han llegado a
nosotros de este período y en los tratados populares sobre la misa.
En el
siglo XIV sin embargo surgió un nuevo tipo de espiritualidad
localizada en Alemania y los Países Bajos. Desde el punto de vista
teológico esto trajo consigo un cambio en la intensidad y en la
orientación desplazándose de la devoción a Cristo y de la meditación
sobre los misterios de Cristo y de María hacia una forma
neoplatónica o pseudo-dionisiana de contemplación. F. Vandenbroucke
la describe como «misticismo de esencia». Desde el punto de vista
histórico este nuevo movimiento introdujo la clasificación de las
escuelas de espiritualidad según las naciones en lugar de según las
órdenes religiosas. Por sí mismo es éste un desarrollo
significativo, ya que demuestra cómo la cristiandad fue perdiendo
gradualmente su identidad cultural, mientras que las diversas
naciones adquirieron un sentido de identidad como naciones católicas
sin abandonar sus características de cultura y de temperamento.
Fueron los
místicos de Renania, bajo la guía del maestro Eckhart con sus
discípulos Juan Tauler y Enrique Suso, los primeros en propagar el
nuevo desarrollo de la espiritualidad. Todos ellos eran dominicos y
representaban en distintas medidas una espiritualidad dionisiana.
Utilizamos el término dionisiano para señalar que desde diversos
puntos de vista esta escuela de espiritualidad parece arraigarse en
la teología de san Agustín y del Pseudo-Dionisio, teniendo presente
que este último, en el plano intelectual, es más platónico que
aristotélico. Este nuevo camino era en gran medida el resultado de
un gran número de religiosos entusiastas, como los begardos y las
begüinas y los hermanos de libre espíritu, que tenían necesidad de
dirección y de instrucción espiritual. Puede ser además que la forma
neo-platónica les pareciese a algunos hombres como Eckhart más
adecuada para una teología mística que la forma tomista-aristotélica
tan estrictamente racional.
Por
desgracia el maestro Eckhart no logró poner en correlación ni
explicar los dos temas fundamentales de los místicos renanos: el
misticismo de esencia (Wesenmystik) y la espiritualidad del
matrimonio místico (Brautmystik). Sus explicaciones fueron tachadas
de panteísmo y algunas de sus afirmaciones se consideraron que
estaban rondando con el quietismo. Como resultado, el papa Juan XXII
condenó en el 1329 veintiocho de las proposiciones enseñadas por
Eckhart. También las enseñanzas de Juan Tauler fueron criticadas por
algunos, pero fue defendido por Blosius, san Pedro Canisio y Lorenzo
Surius. De todas formas sólo en el siglo XIX fue rehabilitado Tauler
y encontró de nuevo un lugar en la teología ortodoxa. Enrique Suso,
por el contrario, logró evitar las críticas que surgieron en contra
suya y de sus hermanos dominicos.
Los Países
Bajos fueron los primeros en verse seriamente influenciados por los
místicos renanos; el líder de su escuela de espiritualidad fue Juan
Ruysbroeck (1293-1381), que es considerado como fundador de la
escuela flamenca de espiritualidad y padre de la devotio moderna,
aun cuando los propagadores de esta última siguen formas y estilos
completamente diversos. La doctrina de Ruysbroeck fue criticada por
Gerson, de la universidad de París, y defendida por Juan de
Schoonhoven.
Junto con
este desarrollo de la espiritualidad en Alemania y en los Países
Bajos hubo un grupo de escritores espiritualistas en Inglaterra. Sus
escritos tenían una orientación dionisiana, como los de las otras
dos escuelas mencionadas, pero los místicos ingleses eran mucho
menos especulativos. De hecho, aunque la vida monástica florecía ya
en Alemania durante el siglo XIV, los escritores ingleses sólo se
refieren muy pocas veces a la vida monástica. Más aún, centraban su
atención en el estilo de vida y en la espiritualidad de los
anacoretas y de los laicos. The Cloud of Unknowing, obra de un autor
anónimo, es considerado como el tratado espiritual más bello de la
escuela inglesa. Es un tratado plenamente inserto en la tradición
del Pseudo-Dionisio que subraya la teología negativa experimentada
en el estado contemplativo y que intenta enseñar a las personas
espirituales la forma de obtener la oración contemplativa. Otros
escritores ingleses que vale la pena mencionar son Richard Rolle,
Walter Hilton y Julian NorW1Ch [34].
Continuó
la influencia de Ruysbroeck gracias al franciscano Enrique de Herp
(+1478) y se introdujo en Francia y España, pero en los Países Bajos
parece que la influencia mayor se debió a la forma de espiritualidad
inglesa. El nuevo movimiento fue llamado devotio moderna por John
Busch y fue aceptado muy pronto por muchas personas confusas o
resentidas frente a las complicaciones de los místicos renanos. La
devotio moderna ofrecía un tipo afectivo de espiritualidad que
respondía a las necesidades de los cristianos devotos, sin excesivas
teorizaciones sobre la unión con Dios en el estado místico. Un
ejemplo destacado de la espiritualidad de la devotio moderna es la
Imitación de Cristo atribuida a Tomás de Kempis.
Se sentía
además en este período la necesidad de una reforma general en la
iglesia. Había cisma en el papado, laxismo moral entre el clero y
los religiosos, y un pseudomisticismo que era fuente de confusión y
de escándalo para los fieles. Santa Catalina de Siena en Italia y
san Vicente Ferrer en España no eran sino dos más entre las muchas
voces que se elevaban en protesta contra el estado tan lamentable de
la iglesia. Las formas externas de la vida católica estaban
profundamente arraigadas, pero sin vida; se discutían las verdades
teológicas fundamentales; se hablaba mucho de las etapas más
elevadas de la vida espiritual y de los ideales tradicionales, pero
no se ponían en práctica. La iglesia caminaba hacia el renacimiento,
la revolución protestante y el concilio de Trento.
Mientras
individuos como Gerardo Groot y Tomás de Kempis promovían la reforma
enseñando un modo práctico de crecer en la santidad, sin
teorizaciones ni argumentaciones teológicas, Juan Gerson
(1363-1423), canciller de la universidad de París, libraba una
batalla contra el falso misticismo en el área misma de la doctrina.
Insistiendo en la necesidad de ser obedientes a la iglesia y a la
enseñanza del magisterio, Gerson redactó una lista de reglas para el
discernimiento de los espíritus afirmando que los que se sentían
llamados a la espiritualidad contemplativa habrían debido ponerse
bajo la guía de un director espiritual. Insistía en la afirmación de
que el medio positivo más importante para llegar a la contemplación
era la práctica fiel de la meditación. Con esto deseaba indicar un
tipo afectivo de oración que supone la consideración de las verdades
divinas con el objetivo concreto de crecer en la devoción y en el
amor. Gerson no dio reglas ni métodos para la meditación, sino que
quiso respetar la libertad del individuo, que tenía que adaptar la
oración mental a sus capacidades, a sus necesidades y a sus deberes
de estado. Las aportaciones de Gerson a la teología y a la práctica
de la vida espiritual fueron tan variadas y ortodoxas que es una
verdadera lástima que sus obras no sean mejor conocidas en los
tiempos modernos.
Con Juan
Gerson terminamos la consideración del período medieval. Mirando al
conjunto de la iglesia nos damos cuenta de que en Italia han
aparecido ya las semillas de un cristianismo humanista y de un nuevo
paganismo; en el norte se siente ya el rumor de la revuelta
protestante, mientras que el escolasticismo ha sido rechazado y todo
el edificio de la teología católica se encuentra en peligro.
Quizás el
arma más eficaz contra la humanización del cristianismo fue la
introducción de los ejercicios espirituales o métodos de oración
mental. En Italia el benedictino Luis Barbo (t1443) escribió un
tratado sobre la meditación que, si se hubiera puesto en práctica,
habría podido ser junto con su enseñanza un medio eficaz de reforma.
Esta enseñanza se propagó entre las abadías benedictinas de España
por obra de García de Cisneros y en 1500 los benedictinos de
Montserrat publicaron un pequeño libro de ejercicios espirituales
tanto para los monjes como para los fieles.
Pero la
iglesia se encaminaba hacia la rebeldía y el cisma. Otros factores
que contribuyeron al laxismo y a la decadencia de este período
fueron la peste negra, el cisma del papado, la vida escandalosa de
muchos clérigos y la indiferencia y la tibieza de no pocos laicos.
La liturgia era decadente y puramente mecánica; había una oleada de
superstición y de demonismo; el cristianismo se había convertido en
una religión estrictamente personal de buenas obras. El norte de
Europa estaba en ebullición, pero el renacimiento de la
espiritualidad cristiana estaba a punto de comenzar al sur de los
Pirineos, en España.

Espiritualidad
post-tridentina
A partir
del renacimiento varias naciones europeas empezaron a desarrollar su
propio genio y carisma. También entre los países llamados
«católicos» florecieron gradualmente características secundarias
aptas para definir las «escuelas» de espiritualidad con el sabor
típico del temperamento de cada país. Incluso en los grandes santos
que marcaron este período de la historia -Teresa de Avila, Juan de
la Cruz, Alfonso de Ligorio, Catalina de Ricci, Francisco de Sales-
es posible señalar que el temperamento nacional destaca como un
rasgo distintivo. Al mismo tiempo observamos la universalidad y la
ortodoxia de su doctrina junto con la continuidad en la tradición
espiritual de la iglesia.
Al final
de la edad media el humanismo del renacimiento se había hecho tan
pagano que Rabelais no dudaba en afirmar que la regla de vida de la
mayor parte de los cristianos era: «Haz lo que te guste». Y Erasmo
afirmaba que ni siquiera en los paganos era posible encontrar a
alguien más corrompido que el cristiano medio. Frente a una
situación semejante los cristianos devotos se retiraban del mundo
refugiándose en una vida interior fortificada por los ejercicios
espirituales y siguiendo los métodos de oración mental. Finalmente
empezaron a aparecer los tratados sobre la meditación y los métodos
de oración, y en los Países Bajos, en Francia, en Italia y en España
se cultivaba la oración mental sistemática. Todo esto parece
pertenecer en gran parte a una estrategia de reforma; en efecto, la
experiencia ha demostrado que uno de los caminos más seguros para
volver a una auténtica vida cristiana entre el clero, los religiosos
y los laicos, consistía en estimular la práctica de la meditación.
Aunque sin
alcanzar la fama de san Ignacio de Loyola, García de Cisneros,
benedicto de Valladolid que introdujo los ejercicios espirituales en
Montserrat, tiene que ser considerado como una de las figuras más
influyentes en la reforma de la vida cristiana que buscaba el
concilio de Trento. Es posible que su obra Ejercitatorio de la
vida espiritual fuera la base de los Ejercicios espirituales
de san Ignacio.
Pero los
ejercicios espirituales no fueron el único instrumento de la
reforma; los humanistas cristianos como Pico della Mirandola,
Lefévre de Etaples, santo Tomás Moro y Erasmo, emprendieron un
ataque más directo. Los humanistas cristianos subrayaban la
necesidad de huir del mundo y de emplear contra la mundanidad dos
armas principales: la oración y el conocimiento de la doctrina
sagrada. Erasmo se lamentaba de que con frecuencia «la religión de
la gente común» era una religión puramente exterior y en cierto modo
farisaica. Lo que se necesitaba era huir del mundo e imitar a Cristo
para poder asegurar la victoria sobre el pecado y sobre la
tentación.
También es
de este período una gran insistencia en los cuatro novísimos:
muerte, juicio, infierno y cielo, y un continuo recordar a los
fieles las vanidades del mundo y la inevitabilidad de la muerte.
Erasmo era además de los escritores que animaban a los cristianos a
leer la Biblia y a obedecer a la enseñanza de la iglesia; pero en
las cosas no decididas por el magisterio eclesial habría que
dirigirse a la sagrada Escritura con fe y, devoción, con lo que el
Espíritu santo iluminaría la mente.
El
humanismo cristiano fue severamente criticado, a pesar de que sus
enseñanzas habían ayudado a numerosos cristianos y que los mismos
humanistas rompieron enseguida con los movimientos protestantes
apenas los condenó el Papa León X. Pero hay que admitir que en su
entusiasmo por la vuelta a la sagrada Escritura y a los padres de la
iglesia, los humanistas cristianos daban la impresión de rechazar
toda la sabiduría teológica de la edad media y de debilitar
inconscientemente la autoridad del magisterio eclesiástico. Tendían
igualmente a exagerar la bondad original del hombre, infravalorando
la necesidad de la mortificación y de la abnegación de sí mismo, e
ignorando los efectos del pecado original. Según Bremond, no hubo
verdadero humanismo cristiano hasta que apareció san Francisco de
Sales en la escena del siglo XVII.
El
renacimiento no le dio a la vida espiritual toda la aportación que
cabía esperar y de hecho favoreció más la división que la reforma,
pero los líderes espirituales que surgieron en el siglo XVI se
mantuvieron fieles a las tradiciones del pasado al mismo tiempo que
mostraron su sentido de adaptación a las necesidades de los
cristianos de su tiempo. Esto resulta particularmente evidente en el
caso de san Ignacio de Loyola (1491-1556) y de la escuela de
espiritualidad española.
La iglesia
tiene una deuda contraída con san Ignacio por sus dos aportaciones
excepcionales: perfeccionó los ejercicios espirituales y le dio a la
iglesia una nueva forma de vida religiosa, la Compañía de Jesús.
Aunque se le presenta como un ferviente sostenedor de la
espiritualidad de la acción, san Ignacio fue de hecho un
contemplativo en acción. Desde el momento de su conversión se dedicó
asiduamente a la práctica de la oración mental; fue instruido por
Dios mediante iluminaciones místicas y sus éxtasis y raptos eran tan
frecuentes que el papa Pablo III le dispensó del rezo del oficio
divino.
Parece ser
que san Ignacio redactó los primeros apuntes de los Ejercicios
espirituales en Loyola en 1521, desarrollándolos luego en
Manresa en 1522 y dándoles su forma definitiva en París entre el
1528 y el 1535. San Ignacio asignó a los Ejercicios un
período de cuatro semanas, que habrían de prolongarse o abreviarse
según las necesidades del ejercitante y el juicio del director. Al
comienzo cada ejercitante estaba bajo la guía de un director, pero
desde 1539 los jesuitas empezaron a dirigir los Ejercicios en
grupos. De los veinte puntos señalados por san Ignacio en la
introducción merecen subrayarse los siguientes: la finalidad de los
Ejercicios es ayudar al ejercitante a aclarar su vocación y a
seguirla fielmente; hay que respetar la iniciativa personal de modo
que el ejercitante pueda abandonar el pensamiento discursivo y
practicar la oración mental siguiendo los movimientos del Espíritu;
hay que seguir el programa y el método de los Ejercicios,
pero adaptándolos a la edad, a la salud y al estado de vida del
ejercitante; el director no tiene que interferir demasiado ni ha de
intentar influir en las opciones y los propósitos del ejercitante.
Desde el
comienzo los Ejercicios espirituales demostraron ser el medio
más eficaz para guiar a los cristianos a una mayor santidad. En 1920
el papa Benedicto XV proclamó a san Ignacio patrono de todos los
ejercicios espirituales y en 1948 el papa Pío XII afirmó que «los
Ejercicios de san Ignacio seguirán siendo siempre uno de los
medios más eficaces para la regeneración espiritual del mundo, pero
con la condición de que sigan siendo auténticamente ignacianos».
Además de
los Ejercicios espirituales, san Ignacio inventó un método de
meditación y la práctica del examen particular. Reconoció también la
necesidad de la mortificación, aunque adaptada a las necesidades del
individuo; la necesidad de un director espiritual; el deber del
apostolado para todos los creyentes cristianos y la adaptación de la
vida religiosa a las necesidades de los tiempos.
Respecto a
la Compañía de Jesús san Ignacio no prescribió ninguna divisa
distintiva, abolió el rezo coral del oficio divino, ordenó la
oración mental cotidiana y el examen particular y prescribió la
dirección espiritual obligatoria para todo jesuita. Los institutos
religiosos fundados en los siglos posteriores modelaron en gran
parte su estilo de vida según el de los jesuitas.
Como san
Ignacio, también santa Teresa de Avila (1515-1582) ocupa por un
doble título un lugar eminente en la espiritualidad católica: como
reformadora de la orden carmelitana y como autoridad nunca superada
en la teología y en la práctica de la oración mental. Su éxito es
todavía más considerable si se piensa en las tendencias heterodoxas
que cundían en España por el siglo XVI: la influencia musulmana, el
iluminismo de los alumbrados, las huellas del «quietismo»
luterano. Sus enseñanzas se encuentran en sus obras principales: la
Vida, El camino de perfección y El castillo interior. Sus
escritos son más bien prácticos que teóricos, más descriptivos que
analíticos y están generosamente enriquecidos por intuiciones
psicológicas basadas en su experiencia.
Santa
Teresa describía la oración simplemente como «conversación con aquel
que sabemos que nos ama», y decía que toda oración, para ser oración
de verdad, tiene que ser mental, porque exige atención a aquél a
quien nos dirigimos tanto en nuestras palabras como en los conceptos
de nuestra oración. Pero santa Teresa defiende con energía la
libertad del alma para someterse a las mociones del Espíritu santo y
por eso mismo no defendió el uso obligatorio de un método particular
de oración. A pesar de que sus tratados fueron compuestos para sus
hermanas carmelitas, su doctrina es universal en sus aplicaciones
para los cristianos de todo estado de vida.
La reforma
de la orden carmelitana fue una tarea que ocupó la atención y los
esfuerzos de santa Teresa durante toda su vida.
El
artífice principal de la reforma en la rama masculina fue san Juan
de la Cruz (1542-1591), cuya vida estuvo en relación directa con la
vida, las obras y la enseñanza de santa Teresa. Los dos escribieron
para sus propios hermanos, los religiosos y las religiosas del
Carmelo, pero mientras santa Teresa se centraba en la práctica de la
oración, san Juan discutió y explicó las noches oscuras de la
purificación del alma en el camino de unión con Dios en la perfecta
caridad. Sin embargo, los escritos de los dos santos carmelitas se
completan perfectamente entre sí.
Para
comprender los escritos de estos dos santos es importante tener en
cuenta el estado de la vida espiritual española en el siglo XVI.
Había una oleada de pseudo-misticismo motivado por los alumbrados,
los quietistas españoles. Se buscaban ardientemente las experiencias
y los fenómenos místicos en tal medida que eran numerosos los casos
de místicos falsos. La herejía teológica de base consistía en
afirmar que era posible elevarse a una gran santidad sin el
ascetismo o sin el esfuerzo por adquirir las virtudes; además se
rechazaban todos los aspectos estructurales e institucionales de la
religión como otros tantos obstáculos para la perfección o
simplemente como no necesarios. La inquisición española se mostró
despiadada en su intento de desarraigar estos errores, obligando al
mismo tiempo a los escritores espirituales a tener en cuenta la
posibilidad continua de verse denunciados a la misma inquisición.
En sus
tres obras principales, La subida-La noche oscura, La Llama de
amor viva y el Cántico espiritual san Juan de la Cruz
desarrolla el principio general de que hay que estar profundamente
purificados en todas las facultades del alma y del cuerpo para
alcanzar aquella unión íntima con Dios que se llama unión
transformativa mediante el amor. En La subida-La noche oscura
describe la noche activa de la purificación de las facultades
sensitivas y de las facultades espirituales del entendimiento, de la
memoria y de la voluntad, y luego la noche pasiva de la purificación
de las mismas facultades. En La llama de amor viva y el
Cántico espiritual san Juan trata del estado de la unión
transformativa en la que el alma se perfecciona en la caridad. La
primera de estas obras tiene un carácter más bien cristocéntrico,
mientras que la segunda se centra en la Trinidad.
Santa
Teresa y san Juan de la Cruz son luces tan vivas que eclipsan a
todos los demás escritores espirituales de la edad de oro de la
literatura espiritual española. Hay que afirmar sin embargo que
fueron muchos los escritores dotados y los santos que contribuyeron
a crear aquel inmenso tesoro de espiritualidad que nos ha legado
este período de la historia de España. Hay además una larga lista de
santos canonizados que vivieron en aquel período. No podemos hacer
más que recordar a algunos de los más influyentes: los franciscanos
Alonso de Madrid, Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo, san
Pedro de Alcántara; el dominico Luis de Granada; el sacerdote
diocesano san Juan de Avila; el agustino Luis de León y naturalmente
san Ignacio de Loyola. Los escritores jesuitas aparecieron algo más
tarde en España, en el siglo XVII: Baltasar Alvarez, san Alfonso
Rodríguez hermano coadjutor y Alfonso Rodríguez sacerdote, Luis de
la Puente y Alvarez de Paz. Si examinamos a los santos y a los
escritores espirituales de España del siglo XVI, nos sentiremos
impresionados ante el hecho de que ninguna otra nación ha
contribuido tanto a la espiritualidad católica.
Mientras
en España la literatura espiritual del siglo XVI era personalista y
psicológica en su presentación, en Italia la espiritualidad de este
mismo período tendía a ser práctica y a orientarse hacia la reforma
de la iglesia. Incluso los grandes místicos como la carmelita santa
Magdalena de Pazzi y la dominica santa Catalina de Siena se
preocupaban mucho de la reforma de la iglesia. Además, el miedo a la
difusión del protestantismo llevó al establecimiento en Italia de la
inquisición. Pero los abogados de la reforma tenían que andarse con
mucha prudencia, ya que los italianos tenían más miedo de la herejía
que de la mundanidad y de la sensualidad.
Uno de los
primeros defensores del movimiento reformista fue el dominico Juan
Bautista de Crema (-1552), predicador famoso, director de almas y
escritor espiritual. Debido a la importancia que daba a la
cooperación personal con la gracia y por su doctrina del puro amor,
sus obras fueron puestas en el Indice donde estuvieron hasta el año
1900. De todas formas sus esfuerzos dieron abundantes frutos, ya que
fue director espiritual de san Cayetano fundador de los teatinos y
de san Antonio María Zaccaria fundador de los barnabitas,
representantes de un nuevo tipo de religiosos llamados clérigos
regulares. También es posible que Juan Bautista de Crema inspirase a
Lorenzo Scupoli en la composición de Il combattimento spirituale.
Los
fundadores de los clérigos regulares parecían movidos ante todo por
el deseo de reformar el clero y consideraban que el método más
seguro era el de hacer vivir a los sacerdotes en pequeñas
comunidades de forma que se sostuvieran mutuamente con su buen
ejemplo. Y como sucede a menudo cuando los sacerdotes diocesanos
forman con éxito un tipo de vida común, acabaron siendo un instituto
religioso. Los clérigos regulares no siguieron el estilo de vida
monástica, sino que dieron más bien importancia a la pobreza
interior y al espíritu de desprendimiento de los bienes del mundo.
La práctica de la oración mental era libre y sencilla, acompañada de
un gran interés por la lucha personal contra el pecado y la
tentación.
Durante
este período dio Italia numerosos santos y muchos institutos
religiosos nuevos: Roberto Bellarmino, Felipe Neri (fundador de los
oratorianos), Carlos Borromeo (fundador de los oblatos), Cayetano
(fundador de los teatinos), José de Calasanz (español de origen y
fundador de los escolapios), Angela Merici (fundadora de las
ursulinas), Antonio Zaccaria (fundador de los barnabitas), Camilo de
Lelis (fundador de los padres camilos), etc. A pesar de sus
características reformistas, la espiritualidad italiana no fue nunca
dura ni severa; siguió siendo una espiritualidad de desprendimiento
interior, de cultivo del amor divino, de ternura y alegría, lo cual
resulta evidente en la vida de los santos (por ejemplo, san Felipe
Neri), que son su mejor reflejo. El amor característico de la
espiritualidad italiana produjo algunos grandes místicos (por
ejemplo, santa Catalina de Génova), pero llevó también a un generoso
compromiso apostólico en las obras de misericordia corporales.

Espiritualidad moderna
Según
algunos historiadores (por ejemplo, L. Cognet), el período moderno
de la espiritualidad va del 1500 al 1650. Nosotros sin embargo hemos
preferido colocar a san Francisco de Sales (1567-1622) como líder de
la espiritualidad de este período. En él, como dice Philip Hughes,
«quedó bautizado el renacimiento francés y se hizo devoto el
humanismo». Pero hemos de admitir que la espiritualidad moderna no
es exclusivamente salesa. También hay que tomar en consideración la
escuela francesa de espiritualidad, que a pesar de sus tendencias
heterodoxas, parece haber tenido una influencia más universal y más
intensa que la de san Francisco de Sales.
Las obras
más conocidas de san Francisco de Sales son la Introducción a la
vida devota y el Tratado del amor de Dios. La primera se
ha convertido en un libro clásico que está a la altura de la
Imitación de Cristo; como los escritos del dominico fray Luis de
Granada, no está dirigida específicamente a los sacerdotes o a los
religiosos, sino al laicado. San Francisco insiste en la llamada
universal a la santidad para todos los cristianos,
independientemente de su estado de vida; escribió la Introducción
a la vida devota para enseñar al cristiano ordinario la manera
de crecer en la virtud y en la práctica de la oración mental. El
hecho de que muchas personas cultivasen la práctica de la meditación
diaria se debió en gran medida a la enseñanza de san Francisco de
Sales y a su explicación detallada de la oración discursiva.
San
Francisco de Sales ofreció una espiritualidad eminentemente
cristocéntrica, firmemente arraigada en la teología de san Pablo y
de san Agustín. Esta misma característica puede encontrarse en la
escuela francesa, aunque Francia tuvo en este período una historia
tan turbulenta que nos obliga de algún modo a volver sobre nuestros
pasos para poder seguir su desarrollo con más exactitud.
La Francia
del siglo XVI fue un campo de intensa actividad religiosa dirigida
principalmente contra la influencia protestante.
Pero la
vida espiritual distaba mucho de ser fervorosa. Se ignoraban
prácticamente las normas del concilio de Trento, el rey era soberano
absoluto de todos los bienes religiosos, los obispos eran mundanos o
estaban envueltos en las intrigas políticas, los sacerdotes solían
carecer de la debida instrucción y la vida religiosa estaba
generalmente en una situación de decadencia. «Habríamos esperado de
aquel período la producción de obras maestras de teología, pero tras
señalar la Cruz de Jesús de Chardon, los Sermones de
Bossuet y las Meditaciones de Malebranche, las hemos
prácticamente enumerado todas. Los Pensées de Pascal no son
más que un montón desordenado de leña» 46.
El primer
paso para una reforma concreta de la vida cristiana en Francia debe
atribuirse a los capuchinos (llegados a Francia en el 1573), a las
religiosas carmelitas (que mediante Ana de Jesús introdujeron su
santa doctrina espiritual), a los jesuitas (que se establecieron en
Francia en el 1553), a los cartujos y a algunos profesores de la
Sorbona. Pero la escuela francesa de espiritualidad comienza con el
cardenal de Bérulle que recibió de algún modo la influencia de la
escuela «abstracta» de Benedicto Canfeld (capuchino), de dom
Beaucousin (cartujo) y algunos otros capuchinos de tendencias
místicas.
Durante su
vida Bérulle (1575-1629) suscitó la hostilidad de los carmelitas, de
los jesuitas y del cardenal Richelieu debido a su «voto de
esclavitud a Jesús y a María». Había comenzado su carrera con una
espiritualidad «abstracta», es decir, de sumisión total a Dios que
brotaba del reconocimiento de la propia bajeza y de la propia
situación de pecador. La palabra «abstracta» se refiere por
consiguiente al desprendimiento de sí mismo necesario para la vida
cristiana y el progreso en la santidad. Pero varios acontecimientos
de su vida impulsaron a Bérulle desde la escuela abstracta hacia una
espiritualidad más cristocéntrica, entre otros sus disputas con los
protestantes y el hecho de hacer los ejercicios ignacianos. Desde
aquel momento desarrolló lo que a muchos les ha parecido una
promulgación mixta e imprudente del voto de esclavitud a Jesús y a
María. Le acusaron de tendencias jansenistas y luteranas, lo cual le
hizo perder el favor de las religiosas carmelitas y de otras
personas con las que hasta entonces había mantenido amigables
relaciones.
Defendiendo su doctrina, Bérulle penetró más en el fondo del
misterio de la encarnación y fue criticado de nuevo por afirmar que
en la unión hipostática la naturaleza humana de Cristo está unida
tanto a la naturaleza divina como a la persona divina. Los últimos
años de su vida Bérulle se mantuvo en un continuo conflicto con los
jesuitas y con Richelieu; unos quince años después de su muerte
había sido olvidado casi por completo. Sin embargo su doctrina fue
propagada por Charles Condren (1588-1641), Jean-Jacques Olier
(1608-1657) y san Juan Eudes (1601-1680).
Lo que ha
dicho Bremond sobre la sutileza de la espiritualidad beruliana es un
buen esquema para resumir los modos diferentes con que se expresaba
la adhesión a Cristo en los diversos escritores espirituales: «Bérulle
está en favor de una "adhesión" en cierto modo más general a la
persona del Verbo encarnado; Condren por una adhesión más particular
a Cristo muerto y resucitado; finalmente Olier por la adhesión al
anonadamiento más profundo, más religioso, más perseverante, y por
tanto realmente activo y eficaz, del mismo Verbo en la eucaristía».
San Juan Eudes lo resumió todo en la devoción al sagrado Corazón
de Jesús, de la que fue el promotor más eminente en el siglo XVII
[48].
Pero el
desconcierto en la espiritualidad francesa no se debió a la doctrina
cristológica de Bérulle, sino más bien a dos movimientos
heterodoxos: el jansenismo y el quietismo. Enemigos entre sí, estos
dos movimientos eran el resultado de una teología desacertada de la
relación entre la gracia y la naturaleza. Los jansenistas, hijos de
Jean Duvergier Hauranne (1581-1643) y de Cornelio Jansen,
concedieron al hombre tanta libertad y exaltaron hasta tal punto la
bondad de la naturaleza humana que eliminaron prácticamente la
necesidad de la gracia. Los quietistas, remotos descendientes del
sacerdote español Miguel Molinos (1628-1696), exaltaron el papel de
la gracia y la práctica de la oración en la vida espiritual hasta
tal punto que negaron implícitamente la necesidad de las prácticas
ascéticas, de la cooperación activa con la gracia y del cumplimiento
de buenas obras meritorias.
En Francia
el personaje central en la cima dramática del quietismo fue Juana
María Bouvier de la Motte (1648-1717), más conocida como madame
Guyon. Bajo la dirección espiritual de la trágica figura del
barnabita Francisco Lacombe (t1715), compuso treinta y cinco
volúmenes de escritos espirituales de carácter quietista. Esta mujer
fue también la ocasión de una amarga rivalidad entre Fénelon y
Bossuet, que chocaron violentamente en el juicio sobre la ortodoxia
de los escritos de madame Guyon.
Los
principales puntos en litigio eran la teología del «amor
desinteresado» y la « oración pasiva». La doctrina puede reducirse a
cuatro afirmaciones que estaban en la base de la controversia: 1) el
alma puede alcanzar un estado de amor puro en donde no sienta ya el
deseo de la salvación eterna; 2) durante las tribulaciones más
extremas de la vida interior un alma puede sentirse tan rechazada de
Dios que realice un sacrificio absoluto de su felicidad eterna; 3)
en el estado de amor puro el alma es indiferente a su propia
perfección y a la práctica de la virtud; 4) en ciertos estados las
almas contemplativas pierden la visión clara, sensible y ponderada
de Jesucristo.
Fénelon se
mantuvo siempre firme en afirmar que no había enseñado nunca el
quietismo explícitamente, pero el papa Inocencio XII pensó que los
lectores de la doctrina de Fénelon podían caer fácilmente en el
error. De este modo el quietismo en el año 1699 recibió en Francia
el golpe mortal, aunque con la consecuencia de que, tras esta larga
controversia, el misticismo cayó en el descrédito y quedó muerta la
teología mística en Francia en el siglo XVIII, a excepción de algún
que otro intento de ciertos escritores.
El
entusiasmo y el pseudomisticismo del siglo XVII y las condenaciones
definitivas inferidas por la Santa Sede llevaron a muchos católicos
franceses a la conclusión de que el camino más seguro en la vida
espiritual era el camino «ordinario» de las virtudes y de los
sacramentos. Se señalaba el camino de los místicos como
extraordinario y sospechoso. Esta actitud era reforzada por un
renacimiento del jansenismo que concedía gran importancia al
ascetismo, a la negación de sí mismo y al rechazo de todos los
placeres humanos. Eran pocos los escritores dispuestos a promover
una doctrina espiritual auténtica y ortodoxa; los que más
contribuyeron a ello fueron los jesuitas, especialmente Luis
Lallemant (1588-1635), cuyas conferencias espirituales presentaban
la enseñanza tradicional católica sobre la llamada universal de
todos los cristianos a la perfección y al estado místico. Otros
autores que intentaron restablecer el equilibrio entre los extremos
teológicos fueron Jean Cheron (carmelita), Masson (cartujo), Chardon,
Contenson y Piny (dominicos), Le Roux, de Lagny y de Bernezy
(franciscanos), san Juan Bautista de la Salle (+1719), Jean Grou
(jesuita, +1803) y san Luis de Monfort (+1716).
Cuando en
1699 fue condenado el quietismo, los escritores italianos de
espiritualidad se hicieron más agresivos en su oposición al
pseudomisticismo y más empeñados en restablecer una sana enseñanza
espiritual. Entre los autores más importantes se encuentran: el
cardenal Bona, el jesuita Juan Bautista Scaramelli y san Alfonso de
Ligorio. El cardenal Bona trascribió la enseñanza tradicional de los
escritores clásicos y es conocido sobre todo por su tratado sobre el
discernimiento de los espíritus. También Scaramelli (+1752) escribió
una obra sobre el discernimiento de los espíritus, aunque es más
conocido por sus tratados de teología ascética y mística. Por
desgracia marcó una separación clara entre la etapa ascética y la
etapa mística de la vida cristiana, considerando a la segunda como
extraordinaria, y proponiendo por tanto dos tipos de perfección
cristiana. Esta doctrina abrió el camino a siglos de discusiones y
disputas que duraron hasta los tiempos del concilio Vaticano II.
La
espiritualidad italiana del siglo XVIII está dominada sin embargo
por la figura de san Alfonso de Ligorio (1696-1787). Sentía una
admiración particular por las enseñanzas de santa Teresa de Avila,
Alfonso Rodríguez y Luis de Granada. Su doctrina pone en el centro a
Jesús y a María y tiene como tema constante el amor de Dios y el
abandono a la divina voluntad. Para san Alfonso uno de los
instrumentos primarios de perfección es la práctica asidua de la
oración mental. Como había hecho ya san Ignacio de Loyola, san
Alfonso insistía en la enorme importancia de la elección de la
vocación, ya que cada uno tiene que abrazar aquel estado de vida que
Dios quiere para él. Lo mismo que san Francisco de Sales afirmaba
que todos los cristianos, sea cual fuere su estado de vida, están
llamados a la perfección. La medida de la santidad de cada uno
depende del grado y de la intensidad de su amor a Dios; la «devoción
de todas las devociones» es el amor a Jesucristo y la meditación
sobre el amor que él nos tiene.
Las
enseñanzas de san Alfonso de Ligorio se propagaron por medio de la
congregación del Santísimo Redentor fundada por él. Su influencia
como escritor espiritual no fue tan grande como era de esperar,
quizás porque con el correr de los años fue considerado más bien
como una autoridad en el terreno de la teología moral y pastoral
[52].
En España,
entretanto, dos carmelitas, llamados ambos José del Espíritu Santo,
aunque uno de ellos era portugués y otro español, escribieron y
trabajaron sobre las cuestiones místicas, particularmente sobre la
distinción entre la oración contemplativa adquirida y la infusa.
Intentaron junto con el jesuita Miguel Godínez establecer una
terminología para la teología mística que fuera aceptada
universalmente. Pero la edad de oro de la espiritualidad española
había ya concluido y el siglo XVIII fue en este sentido un período
de letargo.
En
Alemania sin embargo se siente todo un fermento de misticismo y de
fenómenos extraordinarios con el resultado de que empezaron a
aparecer un número insólito de obras. Los diversos factores que
contribuyeron a este movimiento místico fueron la aparición del
pietismo protestante con Felipe Jacobo Spener, el racionalismo
alemán, las visiones y las llagas de Ana Catalina Emmerich y la
difusión de La mística ciudad de Dios, obra de la religiosa
franciscana española María de Agreda. Los fenómenos místicos y el
pietismo protestante fueron la ocasión de escritos por parte de
personas como el franciscano Melchor Weber en 1714 y Domingo Schram
en 1774.
Un
problema muy serio para la espiritualidad católica en Alemania lo
constituyó el fenómeno del romanticismo que colocaba las verdades y
las prácticas de la iglesia católica en el mismo nivel que los
cultos paganos de oriente y de Egipto, rechazándolos luego como
supersticiones. En el período de la ilustración que veía en escena
grandes mentes como Fichte, Schelling, Goethe, Schleiermacher y Kant,
todo lo que estaba por encima del terreno de la mente humana era
negado sistemáticamente. Fue a través de los escritos de Johann
Sailer (1751-1832), más que con cualquier otro medio, como volvió a
ocupar el catolicismo un plano de respetabilidad en Alemania.
Otra
persona que contribuyó a poner la teología mística en su lugar
debido fue Juan José Górres (1776-1848), al que se ha calificado
como «la figura más grande en los anales del catolicismo alemán».
Como laico dedicó sus esfuerzos a explicar y a revalorar la
experiencia mística como digna de respeto, de investigación
teológica y psicológica; sus enseñanzas están contenidas en los
cuatro volúmenes titulados Christliche Mystik (1836-1842).
Pero podemos afirmar que estas intervenciones de carácter erudito
frente al racionalismo alemán no consiguieron afectar a la vida y a
la práctica cristiana de los católicos ordinarios de Alemania. En
ese nivel la fe y la vida cristiana estaban sólidamente basadas en
una doctrina ortodoxa y en la práctica fiel de la religión
cristiana.
En
Inglaterra asistimos durante este período a la obra de
reconstrucción de la iglesia después del Catholic Emancipation
Act de 1829, y a la fundación de la jeraquía católica en 1850.
En los Estados Unidos la iglesia, que había recibido en 1789 a su
primer obispo americano, John Carroll de Baltimore, estaba en el
período de construcción, organización y actividad pastoral. La
mayoría de los católicos en años sucesivos está constituida por
inmigrantes procedentes de los países europeos: Irlanda, Alemania,
Polonia, etc., que llevaron consigo la cultura nacional junto con su
clero para fundar parroquias nacionales. Entretanto en Canadá la
iglesia se establecía sólidamente en las zonas de lengua francesa,
mientras que las zonas de lengua inglesa eran predominantemente
anglicanas y no católicas. La América latina, en donde tanto la
iglesia como la cultura estaban en su mayor parte ligadas al
colonialismo español, había comenzado ya a alejarse de la práctica y
de la devota vida católica hasta el punto de que en el siglo XX
puede hablarse de la necesidad de recristianizar a los países
latinoamericanos; parece ser que hubo problemas económicos y
políticos en la raíz de la indiferencia religiosa de la América
latina, una indiferencia que a veces estalló en una verdadera
persecución de la iglesia, vista a menudo como amiga y defensora de
los ricos y olvidada de la atención a los pobres y marginados.
Si hay un
país al que por encima de los demás debe algo la espiritualidad
católica del siglo XIX y comienzos del XX, este país es Francia. Se
puede realmente afirmar que durante este período todos los aspectos
de la vida católica -la liturgia, la espiritualidad, la
evangelización y la investigación teológica- recibieron impulsos y
orientación del catolicismo francés. Hasta Roma, a veces un tanto a
remolque, se vio impulsada a la reforma y la renovación por los
teólogos y los eclesiásticos franceses. Es imposible en un breve
artículo detenerse en todas las personas que merecen una mención
especial. Recordaremos a las que han contribuido en mayor medida a
aspectos específicos de la vida y de la espiritualidad católica.
El nombre
de Paulina Jaricot (1799-1862) está íntimamente ligado al apostolado
misionero de la iglesia. A ella se debe la fundación de la Sociedad
para la Propagación de la fe, conocida actualmente con este nombre,
y quizás sea también suyo indirectamente el mérito de la aparición
de numerosos institutos religiosos nuevos dedicados por completo a
la obra de las misiones extranjeras. A comienzos del siglo XX una de
las obras más brillantes de la evangelización de la iglesia fue el
florecimiento de un clero indígena y de institutos religiosos
indígenas en muchos países del tercer mundo, todo ello debido a la
entrega y al sacrificio de los misioneros de los tiempos modernos.
El
renacimiento de la espiritualidad litúrgica es mérito en gran parte
de dom Guéranger, que fue además el renovador de la orden
benedictina en Francia. La participación en la liturgia se había
convertido en muchos sitios en algo meramente pasivo y a menudo no
era más que una participación debida al sentido del deber más que al
ejercicio de la virtud de la religión. Incluso había muchas almas
devotas que parecían conceder mayor importancia a sus devociones
privadas y a la oración mental que a las acciones litúrgicas de la
iglesia. Dom Guéranger declaró con toda seguridad: «Al afirmar la
inmensa superioridad de la plegaria litúrgica sobre la individual,
no pretendemos decir que haya que abolir los métodos individuales;
pero sí que nos gustaría que se mantuvieran en el lugar que les
corresponde». El Papa Pío X (1835-1914) dio un gran impulso al
renacimiento litúrgico promoviendo la comunión frecuente y la
participación en la liturgia.
Paralela
al movimiento litúrgico era la intensa actividad que se desarrollaba
en el terreno de la teología espiritual sistemática, caracterizada
en gran parte por los debates sobre cuestiones fundamentales como la
llamada universal de los cristianos a la perfección, la naturaleza
de la experiencia mística, la posibilidad de una contemplación
adquirida y el estado místico como fenómeno ordinario o
extraordinario de la espiritualidad católica. Los protagonistas de
vanguardia en estas discusiones fueron los dominicos Juan Arintero y
Reinaldo Garrigou-Lagrange, el carmelita Gabriel de santa María
Magdalena, Augusto Poulain, Alberto Farges, Henri Bremond y más
tarde Jacques Maritain y Etienne Gilson. Actualmente muchas de las
cuestiones discutidas en los años veinte han quedado resueltas y
algunas de ellas, como la llamada universal a la perfección
cristiana, han sido recogidas en los documentos del concilio
Vaticano II.
Por lo que
se refiere a la vida contemplativa hay que recordar a dos figuras
eminentes: santa Teresa de Lisieux y Charles de Foucauld. Los dos
contribuyeron a reavivar el aspecto contemplativo de la vida
cristiana, que no debe separarse por completo del apostolado. Santa
Teresa de Lisieux (1873-1897) fue sin duda la santa más popular en
la primera parte del siglo XX. Aunque pasó toda su vida religiosa
dentro del claustro del Carmelo, en donde dio a la iglesia un
ejemplo de inspiración con su resignación en el sufrimiento, era
también consciente de su especial vocación apostólica que le había
correspondido cultivar en el interior del claustro. Por eso fue
nombrada por el papa Pío XI patrona de las misiones extranjeras.
Charles de
Foucauld, por otra parte, ofreció el testimonio del sacrificio de su
vida contemplativa en las misiones, en el corazón mismo del
territorio musulmán en el desierto de Sahara. Unió una vida
eucarística contemplativa con la obra social entre los pobres y fue
asesinado por unos bandidos en diciembre de 1916. Su modelo de vida
atrajo a algunos seguidores que formaron los dos institutos
religiosos de los hermanitos y hermanitas del sagrado Corazón. Lo
que es original en el estilo de vida y de trabajo de estos
religiosos es la importancia que se le concede a una vocación y a un
apostolado de «presencia» entre los pobres, los infieles y los más
abandonados.
El
problema que se le plantea al cristiano de nuestros días es el de
cómo enfrentarse con el futuro desde este presente que vivimos.
Teniendo en cuenta la evolución de la vida y de la espiritualidad
cristiana a lo largo de los siglos, ¿cuáles son los valores y las
prácticas que han surgido como elementos perennes y adecuados para
el cristiano del mundo de hoy? Hemos visto que en los primeros
tiempos de la iglesia y en el período patrístico, aunque eran
conscientes de vivir en el mundo y se preocupaban de él, la
espiritualidad era eminentemente teocéntrica, contemplativa,
ascética, bíblica, litúrgica y escatológica.
En los
siglos sucesivos, y especialmente durante la edad media, mientras se
seguía proponiendo todavía el aspecto contemplativo de la vida como
un ideal y como el tipo de vida más elevado, hubo un desplazamiento
gradual hacia una espiritualidad más personal y antropológica, al
mismo tiempo que se desarrolló una personalidad más particularizada
y cristocéntrica. La teología se fue separando gradualmente de la
espiritualidad y la vida ascética pasó a ser un combate personal
para morir al pecado y crecer en la virtud; las escuelas de
espiritualidad se desarrollaron en torno a las grandes órdenes
religiosas.
Finalmente
en el período moderno se afirmaron las tendencias nacionales y
dejaron su huella en las diversas escuelas de espiritualidad; hubo
una amplia difusión de los métodos de oración mental que en cierto
modo hizo que disminuyera la influencia de la liturgia. El elemento
subjetivo en la espiritualidad se desarrollo según ciertas líneas
que en ocasiones llevaron a extremos opuestos: quietismo y
pseudomisticismo o jansenismo y neopelagianismo.
Aun
admitiendo que a veces se han subrayado excesivamente las cosas,
podemos decir que el cristiano de hoy se ha hecho mucho más sensible
al segundo mandamiento de la caridad: «amarás a tu prójimo». En esta
orientación hacia «el otro» ha habido lógicamente una disminución en
la importancia que se concedía al aspecto contemplativo de la
espiritualidad cristiana y a la separación del mundo como elementos
necesarios a la santidad cristiana. En este sentido podemos
comprender el carácter inevitable del desarrollo de los institutos
seculares y la llamada de los laicos al apostolado. La vida
contemplativa -incluso como estado de vida- mantiene un lugar
eminente, pero los cristianos de hoy se sienten menos inclinados a
infravalorar la vocación al matrimonio y las comunidades
apostólicas.
Además, el
cristiano contemporáneo se ha hecho secularizado en el sentido de
que ve la necesidad de mantener relaciones con el mundo, de utilizar
los bienes creados, de cultivar y gobernar el mundo según el
mandamiento de Dios. En consecuencia, los teólogos de nuestros días
han discutido ciertas cuestiones como la liberación, la justicia y
la paz, le ecología, etc.
Con el
sorprendente progreso de la psicología y de las ciencias afines, la
espiritualidad podría tender a hacerse excesivamente subjetiva y
hasta egoísta, pero el uso correcto de los conocimientos
psicológicos puede ofrecer también un medio de desarrollo hacia la
madurez cristiana y ser una ayuda extraordinaria en el
discernimiento de los espíritus. Es especialmente en este terreno
donde se puede apreciar el axioma teológico: la gracia no destruye
la naturaleza, sino que la perfecciona.

_________________
5. P. Pourrat, Christian Spirituality,
MD: Newman Press, Westminster 1953, vol. I, 56. Para las
referencias específicas a Cristo en la primera literatura cristiana,
cf. Carta a los corintios de san Clemente, las Cartas de san Ignacio
de Antioquía y las Cartas del Pseudo-Bernabé.
6. El aspecto escatológico se encuentra
en la Didajé, en las Cartas de san Ignacio de Antioquía y en cierta
medida en las Cartas del Pseudo-Bernabé.
7. Se discute el ascetismo en la Didajé,
en las Cartas de san Clemente y de san Ignacio de Antioquía, en las
Actas de los mártires y en el Pastor de Hermas.
11. Además de los Hechos de los apóstoles, hacen referencia a la
comunidad cristiana las Cartas de san Clemente y de san Ignacio y la
Didaje.
14. Cf. Stromata 2-7.
15. Cf. Comm. in Joann 32, 27; Contra
Celsum 111, 28, 27.
20. Desde el año 492 los canónigos y las canonesas de Letrán
habían adopatado la regla de san Agustín. En los siglos XI y XII
otros institutos adoptaron también la regla de san Agustín, como los
canónigos de san Víctor, los norbertianos, los gilbertianos, los
caballeros templarios, la orden de predicadores, los siervos de
María, los hermanos eremitas de san Agustín, las brigidianas, los
hermanos de la vida común y en el 1860 las visitandinas.
21. En los siglos VI y VII los legisladores monásticos más
importantes fueron san Benito y Casiodoro en Italia, san Cesáreo de
Arles en Francia, san Columbano en Irlanda, san Isidoro en España.
26. El concilio de Tours (567) estableció una distinción entre
clérigos y canónigos y en el 755 el concilio de Vernon distinguió
entre ordo canonicus y ordo regularis. El concilio de Aix-la-Chapelle
promulgó una regla para canónigos que imponía la vida común y la
obediencia a un superior, aunque permitía la posesión de bienes. En
el siglo XII distinguió entre canonici regulares y canonici
saeculares, reconociéndose oficialmente a los primeros como miembros
de un instituto religioso.
48. Como devoción específica, la veneración al sagrado Corazón
de Jesús puede hacerse remontar a santa Gertrudis y a santa Matilde
en el siglo XIII. San Juan Eudes contribuyó a hacerla popular y a
convertirla en fiesta universal; la primera revelación a santa
Margarita María Alacoque tuvo lugar el 27 de diciembre de 1673.
52. San Alfonso escribió más de 100
libros y opuscula y unos 2.000 manuscritos. Durante su vida
sus obras conocieron más de 400 ediciones, y desde su muerte se
cuentan unas 4.000 reediciones. Sus obras están traducidas a 61
lenguas extranjeras.
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