|
UNA TERESA “DESTERESADA”
De
Joaquín L. Ortega
(Publicado en “ECCLESIA” el 7 de abril de 2007)
Las
Carmelitas Descalzas de Sevilla, allí llamadas «Las
Teresas», conservan el retrato que fray Juan de ¡a Miseria
hizo a Santa Teresa cuando andaba ella en la fundación de
aquel convento. Cuentan las historias que la madre Teresa
(que se había resistido a posar y que, al fin, lo hizo por
obediencia al padre Jerónimo Gracián) emitió sobre el
retrato un juicio entre severo y jocoso. «Que Dios os
perdone, fray Juan, que me habéis pintado fea y legañosa»,
parece que fueron sus palabras.
Al
salir de la película de Ray Loriga —Teresa, el cuerpo de
Cristo— me preguntaba yo cuál podría ser la opinión de
aquella gran mujer sobre este nuevo retrato que le han hecho
a primeros del siglo XXI. La madre Teresa era tan espontánea
como juiciosa. ¿Qué diría, hablando en verdad, de esta nueva
película hecha ahora a costa de su genio y figura?
Ray
Loriga no ha hecho una obra ni fácil ni insignificante. Cabe
reconocerle unas cuantas cosas. Por ejemplo, el halo de
novedad que ha querido dar a su trabajo, no pocos hallazgos
plásticos en la ambientación de las escenas, el ritmo bien
acompasado de la película y esa elegancia estética de signo
barroco. Incluso es de ponderar que haya cuidado el contexto
cultural de los tiempos de Teresa: la peligrosa pasión por
los libros piadosos, el ajetreo de los «alumbrados», las
controversias doctrinales del momento y, al fondo, la hosca
y omnipresente sombra de la lnquisición, aunque en este caso
muy desorbitada.
Aun
así tengo la impresión de que Ray Loriga en su película ha
cogido el rábano por la hojas. Ha cuidado mucho las
formalidades y los contextos pero no tanto la fidelidad
histórica y la figura real de Teresa de Jesús, tan estudiada
y tan conocida y, además, tan primorosamente narrada por
ella misma en su libro de Las fundaciones, una de las obras
más apreciadas de la lengua castellana. Diríase que a Ray
Loriga le ha interesado más una cierta estética que la
certeza histórica. Hay demasiadas arbitrariedades y
despropósitos en su trabajo. Diríase también que el autor ha
optado por una interpretación harto patológica de una mujer
en cuya vida campean la serenidad y la sensatez que rezuman
sus versos «nada te turbe, nada te espante». El resultado de
esas licencias que se ha tomado el director es que le ha
salido una Teresa «desteresada» y difícilmente creíble.
Está claro que Teresa de Jesús pertenece al patrimonio
cultural y espiritual de la humanidad y que cualquiera tiene
derecho a poner la mano en su obra y en su figura. Pero no
es una cuestión de derechos sino de acierto y de resultados.
Que la operación salga bien o mal es el tributo que los
grandes tienen que pagar por su grandeza.
En
este caso la obra resultante parece encuadrarse en esa
corriente literaria, tan de moda, de escribir seudohistorias
«sagradas» de escasa credibilidad histórica pero de alta
morbosidad narrativa. De hecho, los ingredientes
imprescindibles de esa receta están todos presentes en esta
película ya desde el propio título y desde el mismo cartel
anunciador: la sacralidad desnortada, la ambigüedad
conceptual, la truculencia gratuita, el erotismo sacrílego y
el feminismo trepidante. Todo el recetario está presente en
esta aproximación a una parte de la vida de Teresa de Jesús
ya que la película narra, a su manera, sólo los años que van
desde el ingreso de Teresa en La Encarnación hasta su salida
de allí convertida ya en fundadora y reformadora.
Así
las cosas, ¿cuál sería el núcleo o la tesis de esta
peregrina interpretación teresiana? Quizá podría
sustanciarse así: esta es la historia de una brava mujer que
supo romper el cerco que la rodeaba y fue capaz de salirse
con la suya. Tesis que no carece de razón pero que priva a
Teresa de su originalidad y hasta de su exclusividad
intransferibles. Casi todos los hombres y las mujeres que se
han salido con la suya —y son legión— lo han logrado a costa
de esfuerzo y de tesón. Esa fue la historia lo mismo de
Teresa de Jesús que de Miguel de Cervantes o de Santiago
Ramón y Cajal. Esa es la plantilla de cualquier vida grande
y difícil pero no la aventura humana y espiritual de Teresa
de Jesús que, así, resulta un tanto «desteresada».
Si
fuera posible preguntarle hoy a la madre Teresa qué le
parece este su nuevo retrato, quizá no respondiera con el
desparpajo con que lo hizo ante el cuadro de fray Juan de la
Miseria. Pero no me extrañaría que, no reconociéndose en
esta película, le preguntara a Ray Loriga: ¿a quién ha
pintado Vuesa Merced en lugar de a mí?
Por
supuesto que Ray Loriga no ha sacado a su Teresa ni fea ni
legañosa. La lozanía rozagante de Paz Vega lo hacía
imposible. Aun así tengo para mí que esta Teresa, un tanto
sofisticada, no durará tanto en la memoria de los
espectadores como la Teresa que fue Concha Velasco en
aquella serie televisiva de hace ya tantos años.
|